Gonzalo Pérez del Castillo

Hace muchos años tuve el privilegio de asistir a un debate sobre ética periodística entre dos excepcionales hombres de prensa  italianos: Indro Montanelli (conservador) y Eugenio Scalfari (socialista).  Montanelli sostuvo que  el periodista debía presentar  la información objetiva de los hechos  claramente diferenciada  de su comentario sobre los mismos. Scalfari mantuvo que, en política, tal información objetiva no existe y que la honestidad del periodista reside en identificarse ideológicamente frente al lector y, desde allí, relatar los hechos.

Sobre el traspaso de mando  en Cuba no existe una realidad objetiva. Lo sucedido  puede contarse de muy distintas maneras.  En concordancia con Scalfari corresponde entonces  que yo explique desde donde escribo. Fidel Castro fue mi héroe de juventud durante los años 60 cuando Uruguay se latino americanizó, es decir, cuando tomó conciencia de pertenecer a la región  más desigual del planeta. Después sucedieron muchas cosas. Perdimos la libertad, luego  la recuperamos y, en el proceso,  aprendimos a valorar los méritos de la democracia liberal. Luego se derrumbó el socialismo real dejando al desnudo una cruda realidad política, económica y social. A mediados de 1989 asistí en directo al  payasesco “Juicio” al Coronel Ochoa en Cuba. Las balas de los fusileros que cerraron los ojos de Ochoa para siempre, también  abrieron los míos. Cuba no era mejor que los demás países del socialismo real. Los hermanos Castro eran la copia fiel de los líderes autócratas que tales regímenes engendraron.

En Cuba no  ha habido una elección. El pueblo no se ha pronunciado libremente porque no se lo han permitido. Tampoco se ha verificado un traspaso de mando. 605 diputados electos  por circunscripciones y sectores – casi todos ellos militantes del Partido Comunista Cubano y burócratas del Estado-  votaron por unanimidad al designado Díaz-Canel.  Se ha producido un cambio generacional en lo que se denomina la Presidencia de Cuba. Es decir, en la representación formal de un Estado que seguirá dominado por el Partido Comunista,   por las Fuerzas Armadas y por la muy arraigada burocracia estatal. Raúl Castro sigue al mando.

El disciplinado Díaz-Canel promete continuidad y estabilidad política. En lo económico es improbable que  siga el ejemplo de  China y Vietnam que  han creado  modelos  capitalistas de Partido Único donde el sector privado juega un rol estratégico. Cuba solo permite la existencia de “cuentapropistas” con el fin de  absorber la mano de obra que el Estado no contrata. Difícilmente esto promueva cambios en la productividad de la derrumbada economía cubana.

Pero estas reflexiones, al decir de Scalfari, provienen de mi subjetividad. No puedo asegurar que constituyen la realidad objetiva. Lo único seguro es que, más allá de los hechos,  Cuba y Fidel continuarán siendo un mito irrenunciable para los dirigentes políticos y sindicales que hoy dominan el Frente Amplio  uruguayo.

 VOCES- 23/04/18

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