Álvaro Ramos. Portada Columna Opinión
Escribe: Álvaro Ramos. Electo senador de la República por el Partido Nacional (1995-2000). Ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca (1990-1994), ministro de Relaciones Exteriores (1995-1998), adherido al Partido Independiente en octubre de 2021.

En julio del año pasado, escribíamos en este mismo espacio, una nota titulada, “exportaciones, competitividad y calidad del gasto público”. Un año después, como es inevitable, en un país donde realizar los cambios toma décadas, la cuestión de marras, sigue muy parecida. Igual pero no tanto. Hoy como sociedad estamos bastante más sensibles con este tema que vincula el llamado atraso cambiario, con la inflación y el déficit fiscal. Los factores que inciden en ello, (a la sensibilidad me refiero), son: el nuevo ciclo electoral en el que ingresamos este año y las tendencias en la economía que profundizan levemente, una tendencia no deseada, en relación al déficit fiscal. Ahora ya vamos a ello.

Si bien hoy tenemos y aplicamos la “regla fiscal”, postulado y propuesta histórica del Partido Independiente, partimos de un estadio muy alto de déficit que dejaron los quince años de gobierno del Frente Amplio, y aún, mal que nos pese, sigue siendo muy alto. Al déficit hay que financiarlo. Para ello, el gobierno ha concurrido a los mercados y ha emitido deuda pública en pesos y unidades indexadas. Con mucho éxito, gracias a la credibilidad y buen desempeño del mismo. Invertir en deuda púbica uruguaya, en moneda nacional, es un muy buen negocio, según la rentabilidad esperada. Pero paradojalmente esto provoca un efecto no deseado en la apreciación del peso, ya que saca pesos del mercado y vuelca dólares al mismo. Este es otro factor que colabora con la “fiebre”, pero que se vincula con uno de los principales factores estructurales que provocan la neumonía y que es la gestión del Estado (en todos sus niveles) y la necesidad de financiar el déficit.

Hay dos datos objetivos de nuestra realidad económica. Uno, que no es bueno, es que el país pierde competitividad internacional en relación a sus principales mercados. Es decir, en relación a los países hacia los cuales exporta. Otro dato duro de la realidad y que es excelente, es que parecería que la inflación doméstica (históricamente rebelde) la hemos logrado encuadrar, ya desde varios meses dentro del rango meta. Cerró el 2023 con un índice del 5,7% y hoy el Índice de Precios al Consumo anualizado es del 3,7 %. El mejor dato de inflación en muchos años.

En paralelo a esto, se recuperan el empleo y el salario, por lo cual el gobierno nacional, puede seguir mostrando buenos resultados y la ciudadanía en general beneficiándose de ello, mejorando su capacidad de consumo y su calidad de vida. Resultado en el bolsillo.

Pero el debate que se nos ha instalado, nos muestra realmente cómo funcionamos como uruguayos en “la interfase” entre a economía y la política. En pleno año electoral el binomio en cuestión es inflación vs. atraso cambiario. Claro está que a nadie se le ocurre cuestionar los beneficios de tener domesticada la fiera de la inflación, que se devora el salario y las jubilaciones y que cuando está desbocada se devora también la tranquilidad social y la estabilidad política. Para muestra miremos los resultados de 15 años de populismos frívolos en una Argentina que nos cuesta entender y nos duele.

No obstante, la expresión más común que se escucha hoy en diversos ámbitos es algo así como: “bienvenida la inflación controlada, pero el Uruguay es caro y además el dólar está devaluado y perdemos competitividad mes a mes con nuestras exportaciones de bienes y servicios”.

Así es, todo ello es verdad.

De allí lo del título, “bajamos la fiebre o curamos la neumonía”. Atraso cambiario e inflación son síntomas de algo más complejo y difícil de curar, serían la fiere. La neumonía que padecemos procede de un conjunto de factores estructurales combinados, a los cuales, en bastante más de medio siglo no le hemos podido encontrar solución. La opción no es entre el “paracetamol” o el antibiótico”, sino una combinación virtuosa entre ambas estrategias.

Al binomio “inflación vs. competitividad exportadora”, se le podría agregar otro binomio, “déficit fiscal vs. deuda pública”. Ambas formas de expresar los síntomas de una enfermedad recurrente en nuestro país desde la mitad del siglo pasado y generadora de múltiples y repetidas crisis, algunas con resultados dramáticos, como la de fines de los sesenta y la década de los setenta o la de los comienzos de los dos mil. 

Uruguay es un país económicamente pequeño (geográficamente también, pero hay países mucho más pequeños que Uruguay con economías mucho más grandes), con una población pequeña que no crece y se envejece progresivamente. Por otro lado, nuestra sociedad (todos nosotros, y me incluyo) aspiramos a vivir dentro de un Estado de bienestar que alcance al menos, a tres generaciones. La de mis nietos, la de mis hijos y la mía propia. Y está bien, que así sea. Esta aspiración legítima de los uruguayos está ya en nuestro “ADN nacional”. Aspiramos a vivir como Finlandia, pero la cuestión es que no generamos riqueza suficiente para ello como lo hace Finlandia. Nuestras tasas promedio de crecimiento del PBI son exasperantemente bajas. Aquí tres factores estructurales que se combinan. El de la demografía y la estructura etaria no tienen solución en el corto plazo y aún en el mediano. Pero lo de la generación de riqueza sí la tendería, si nos avenimos a solucionar otros problemas estructurales que tenemos desde hace décadas. Estos derivan de la estructura de costos internos, y el peso de las malas (inútiles) regulaciones de un Estado oneroso e ineficaz que gasta mal, que genera monopolios y disfunciones en el mercado de bienes y servicios claves para la competitividad y la productividad.

Es muy preocupante hoy día constatar que toda aquella actividad industrial o agroindustrial que agregue valor a nuestros productos de exportación, está severamente afectada por esta enfermedad estructural de los altos costos internos de la economía uruguaya.          

Curar la neumonía sería de una buena vez profundizar en construir la verdadera competitividad de la economía uruguaya y la de sus empresas. Deberíamos respondernos estas preguntas: ¿Cómo hacemos, todos juntos, para mejorar la calidad del gasto y la inversión pública? ¿Cómo recibir mejores servicios a cambio de los elevados impuestos que pagamos? ¿Cómo abrimos nuestra economía, sin perder soberanía? Las respuestas son varias. Por ejemplo: invirtiendo lo necesario donde es impostergable invertir (en generación de conocimiento, en CT&I, y en la niñez y juventud), y no en mantener empresas o sectores de éstas inviables, por presiones sindicales (sector cemento de ANCAP, por poner un ejemplo, paro hay varios de éstos). Combatir la aventura negligente e irresponsable del PITCNT, de derogar la reforma de la seguridad social.

La raíz de esta cuestión estructural, es abocarnos como sociedad y nación a mejorar cada vez más la calidad del gasto. Modernizar el Estado, equiparlo mejor, mejorar las capacidades de sus recursos humanos, orientar la formación de los funcionarios respecto de las tareas a realizar y los servicios a prestar. Revisar sus regulaciones en cuanto a vigencia, pertinencia, aplicabilidad, actualización y valor que agregan. Hoy vivimos lastimosamente en una maraña de regulaciones exasperantes que consumen recursos económicos y energía, y que degradan imperceptiblemente, pero en forma constante la competitividad y el espíritu de los uruguayos. Revisar la gobernanza de las instituciones públicas, adecuarla a los nuevos tiempos de TICS e inteligencia artificial. Eliminar superposiciones, favorecer la articulación y complementación de servicios, la descentralización y la desconcentración en la prestación de los mismos. Estimular las alianzas público – privadas allí donde el sector privado puede prestar servicios o generar bienes públicos por cuenta y orden del Estado, en el marco de las políticas públicas vigentes, pero en forma más eficaz.

Junto con lo anterior y si queremos encarar seriamente esta cuestión estructural, que sí está en nuestras manos cambiar, debemos ser muy exigentes en la oportunidad y pertinencia de las inversiones públicas, especialmente aquellas que tienen que ver con la logística que afecta la producción y las exportaciones. Otra vez CT&I, educación y formación. 

Entonces, me parece, que la mejor manera de expresar el objetivo buscado, quizás sea lograr una gestión más eficiente en el uso de los recursos presupuestales, para así alcanzar más y mejores resultados con menos recursos, o sea gastando menos y gestionando mejor. Enfatizando que la reducción del gasto no es un objetivo en sí mismo, sino una consecuencia de aplicar mejor los recursos.

El gobierno de la Coalición Republicana que integramos, encaró varios de estos desafíos. Nosotros, los Independientes, tuvimos a un compañero, el Lic. Conrado Ramos al frente de este desafío, y su ejemplo y experiencia nos inspira como Partido. Luchar contra el “status quo”, la indolencia y las malas praxis políticas, requiere de paciencia y perseverancia. Como dijimos debemos corregir una cuestión estructural que hay que encarar en forma constante y decidida.

Estamos lejos aún del ideal buscado. Hemos aplicado más paracetamol que antibiótico. Por ello, postulamos en nuestro Programa de Gobierno las herramientas para crecer más y más rápido, y generar un nuevo ciclo virtuoso para la atracción de inversiones. Alcanzar el objetivo de corregir los desvíos estructurales que sí están en nuestras manos, dependerá exclusivamente, de que los ciudadanos comprendamos que esta es una cuestión crucial para nuestro desempeño, para asegurar el empleo, los salarios, el consumo interno, la calidad de vida, y que hay que seguir en el mismo rumbo de estos últimos cinco años, con más energía y sensibilidad social. La forma es que aseguremos un nuevo gobierno de la Coalición y dentro de éste un Partido independiente (garantía del cambio) más fuerte y más influyente.