Escribe: Hebert Gatto. Doctor en Derecho y Ciencias Sociales, ensayista, presidente de Honor del Partido Independiente.
¿Es sostenible que la izquierda, en cuanto tal, mantenga superioridad sobre la derecha en lo atingente a sus principios morales? Ignacio Sánchez Cuenca, catedrático de la Universidad Carlos III, así lo afirma en un libro cuyo título es justamente “La superioridad moral de la izquierda”, publicado en Madrid 2018.
Allí el autor, sostiene que esta superioridad surge al trasladar al ámbito político concepciones éticas basadas en una sociedad futura, apta, de ser implementada para el pleno desarrollo humano Para estas visiones el hombre solo es libre cuando no sufre ni interferencias ni dominación económica o de otro tipo que limiten su autonomía. La izquierda, desde antes de Marx, busca eliminar toda forma de opresión, explotación e injusticia, de manera que la sociedad se constituya en un ámbito ideal donde todos, sin exclusiones, puedan desarrollar sus potencialidades. Un ideal imbatible.
Lo hace proponiendo diferentes ideologías para concretar sus aspiraciones morales, desde el anarquismo, tan convencido de las injusticias del capitalismo que propone revertirlo a través de una revolución espontánea, impuesta a través de la clase obrera sindicalmente organizada, o como supone el marxismo, como consecuencia del desarrollo histórico estimulado por el partido del proletariado.
En cualquier caso, la derecha, apoyada en el mantenimiento del orden, para ella una suerte de segunda naturaleza sin la que ninguna sociedad puede prosperar, como es el caso de la tradición, el nacionalismo, la familia y el esfuerzo individual, no está en el plano ético en condiciones de competir con las luminosas promesas de su rival. La ventaja moral de éstas, provienen precisamente de su afán de trascendencia, de su capacidad para proponer hacia el futuro una sociedad totalmente nueva, apta para suprimir el menor atisbo de injusticia. En lo que ha sido calificado como el paraíso moral. Eso brinda a sus militantes un aire de altiva superioridad hacia los restantes mortales, basada en ofertas inconmensurables en sus proyecciones a los tibios proyectos reformistas de sus pares derechistas. Sumado a su convicción que su programa, en atención a su verdad, deba aplicarse sí o sí, venciendo cualquier negativa que se oponga a su concreción, sean cuales sean sus consecuencias.
Como es sabido, esta convicción ha llevado en el plano histórico a las peores barbaridades. China, Camboya, la URSS, Europa del Este han generado, invocando su pureza, a las más crueles autocracias, plagadas de millones de cadáveres. Tal la distancia entre una moral fulgurosa, la necesidad, por ello, de implantarla a toda costa y una ideología, que apoyada en tal presupuesto jamás pudo coincidir con la tolerancia, la moderación, el respeto ajeno y el cálculo racional de sus propósitos. Como dijera Calderón los sueños, sueños son. Solo la social democracia, situándose en el centro izquierda, ha podido mediar entre ambas ofertas, adaptando su ideología democrático-reformista, a una transformación moral impostergable.
En los últimos años algunas cosas han cambiado en la izquierda. O, más bien, el mundo se las ha cambiado. No solo ha abandonado la revolución (con la excepción del Partido Comunista Uruguayo), sino que propone aumentar la fiscalidad a ricos y grandes empresas, revertir privatizaciones, mejorar salarios, imponer rentas mínimas, propiciar la igualdad de género, reducir la pobreza, etc. Ninguna de tales medidas ajena al capitalismo, buscando instrumentos mercantiles para su desarrollo. Todas de origen social demócratas. Lo que sí no ha cambiado es su anterior apoyatura moral, sus aspiraciones de perfección. Esto sin lograr advertir la incongruencia entre un planteo ideológico reformista y su cimiento ético, tan utópico como lo fue en el pasado.
