Luis Nieto. Portada Columna Opinión

Escribe: Luis Nieto

Algunas de las tantas iglesias laicas de la región utilizan la Teoría de los Dos Demonios para ilustrar su rechazo a la responsabilidad compartida ante los excesos en las décadas del sesenta y setenta. Para buena parte de la izquierda uruguaya y argentina, que participan de la vida parlamentaria, las guerrillas tienen un sedimento moral que se explica por aquello de que los fines justifican los medios, y a pesar de representar al sistema, en tanto cumplir con las formalidades electorales, tienen su corazón volcado hacia quienes rechazan la vía electoral.

¿Cómo se puede explicar el surgimiento de la lucha armada en estos dos países, que más allá de las sucesivas crisis, lideraban los parámetros de desarrollo social en la región? ¿Era la única alternativa que tenían las elites que impulsaron la creación de guerrillas, cuando el corazón de esa alternativa implicaba la pena de muerte, abolida en 1907 en Uruguay, y en 1956 en Argentina?

Las izquierdas del Río de la Plata hacen una lectura basada en la lucha de clases y el destino inevitable del triunfo del campo popular sobre el de las clases dominantes para construir una sociedad basada en la dictadura del proletariado. Esto es lo que se propaló urbi et orbi a lo largo de todo el siglo XX, objetivo fundamental de la doctrina del marxismo leninismo, no desmentida hasta el momento. Las guerrillas fueron el mismo rostro sin máscara de esa concepción seudo científica que comenzara dos siglos atrás. Concepción que, para nosotros, tuvo su mejor versión en la isla de Cuba, en la década del cincuenta, protagonizada por el hijo de un terrateniente, poseedor de 11 mil hectáreas de tierra en la provincia de Oriente, y casado con Mirta Díaz–Balart, uno de los apellidos más poderosos de la isla. La historia oficial oculta muchas cosas con tal de tener una imagen impoluta del héroe, por ejemplo, que el padrino del casamiento de Fidel y Mirta fue el propio Fulgencio Batista, amigo de las dos familias.

Las usinas del pensamiento de las virtudes mezclan todo y sirven un cóctel de dos gustos separados. Cada uno debe dejar de lado la complejidad de la realidad en que vive para definir su gusto por uno u otro. Es lícito pensar que tanto guerrillas como fuerzas represivas, que escaparan por completo al control del Parlamentos y el Poder Judicial sean dos actores decisivos en la pérdida de los derechos constitucionales. ¿Cuáles fueron las causas de que las fuerzas represivas escaparan a ese control, y cuál fue el motivo de que la guerrilla proclamara el objetivo táctico de alcanzar el “doble poder” en su camino de crear condiciones subjetivas para implantar un régimen revolucionario?

La Constitución estaba vigente en 1963, cuando el naciente MLN tomó la decisión de asaltar el Tiro Suizo, con el fin de armarse para llegar al poder, y todavía estaba vigente un régimen constitucional basado en el colegiado. Menos exaltación del poder unipersonal no se podía encontrar. Ah, pero… El tema es que el poder lo ejercía la oligarquía, las clases dominantes, y la Constitución era apenas “el instrumento de ese poder en la sombra”. (¿Ahora ya no?). El problema es que la izquierda en América Latina descree de la Constitución y las leyes, con cierto grados de razón en algunos casos, mientras no le sea funcional. En Venezuela, Chávez y después Maduro, se movieron con una pequeña Constitución en el bolsillo para respaldar el régimen autoritario que hasta el día de hoy ejercen. ¿Parlamento? Sí, existe. ¿Poder Judicial?, si existe. ¿Consejo Nacional Electoral? sí, existe. ¿Es una dictadura? Llámela como quiera.
Para ubicar la teoría de los demonios en algún terreno comprensible, leamos lo que Ernesto Sábato escribió en el prólogo de “Nunca más”, el cierre de la exhaustiva investigación que protagonizó al frente de la CONADEP, que puso frente a los ojos de la ciudadanía argentina las brutales violaciones a los derechos humanos por los cuales las Juntas Militares fueron condenadas, en un hecho único en el mundo.

Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. Así aconteció en Italia, que durante largos años debió sufrir la despiadada acción de las formaciones fascistas, de las Brigadas Rojas y de grupos similares. Pero esa nación no abandonó en ningún momento los principios del derecho para combatirlo, y lo hizo con absoluta eficacia, mediante los tribunales ordinarios, ofreciendo a los acusados todas las garantías de la defensa en juicio; y en ocasión del secuestro de Aldo Moro, cuando un miembro de los servicios de seguridad le propuso al General Della Chiesa torturar a un detenido que parecía saber mucho, le respondió con palabras memorables: «Italia puede permitirse perder a Aldo Moro. No, en cambio, implantar la tortura».

No fue de esta manera en nuestro país: a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos.

El pasado 27 de noviembre se realizó un acto en conmemoración de los 40 años del histórico Acto del Obelisco, que entonces movilizó a 400 mil ciudadanos de todas las orientaciones políticas. Allí estaban Ulysses Pereira Reverbel, separado por cuatro filas, en el mismo estrado en que también estaba Víctor Semproni, antiguo integrante del MLN Tupamaros, por cuya organización, Pereira Reverbel había sido secuestrado dos veces. No hay imagen más fuerte que esa, aparte del acto en sí. Todavía hay ciudadanos que no han comprendido la grandeza de aquel momento y se niegan a hacer explícita su adhesión a la institucionalidad recuperada por el coraje y la lucidez de aquellos líderes políticos.

Si la coalición de gobierno aspira a trascender los ciclos electorales y elige consolidar la posición de Uruguay como una democracia plena, no solo debe reafirmar su completa adhesión a los principios democráticos, sino, también, parecerlo. Los partidos políticos no pueden descuidar la enorme tarea pedagógica que deben llevar adelante para despejar las nieblas del presente y del futuro. Una tarea que no solo tiene el sistema político sino, en particular, la coalición de gobierno, espacio donde conviven distintas fuerzas políticas, con distintas visiones sobre el pasado reciente.

Formar doctrinariamente a sus militantes es decisivo para convivir en paz, con respeto, porque todo período de gobierno pasa, y una sociedad sana tiene en sus manos la posibilidad de elegir otro gobierno, de signo contrario. Aprender a perder esa preferencia es un acto de profunda humildad, que ayudará a tener un sistema político que vea en su adversario un escollo transitorio, y no un enemigo a hacer desaparecer.