Blanco y negro

A veces parece que vivimos en una película de época.
Ambientada en un tiempo y lugar que no tienen que ver con este país y este tiempo.
Porque desde algunos sectores se intenta instalar, en Uruguay y en 2018, un esquema
social de lucha de clases cuya principal consecuencia es la creciente brecha social que nos
va separando, enfrentando. Es un profundo resentimiento que se va instalando en el sentir
de la población.

Y cada vez parece más difícil encontrar un punto de encuentro, de conciliación, cada vez
parece más difícil construir futuro entre todos y para todos, que es la manera de crecer
como país. Y podemos hacerlo, podemos crecer, tenemos todo para hacerlo. Vivimos en un
país que cuenta con los recursos para desarrollarse, para lograr el bienestar real de todos
sus habitantes. Recursos naturales y recursos humanos.

Pero cuando el mensaje “oficial” es que el mundo se divide en buenos y malos, explotados
y explotadores, izquierda y derecha; cuando solo se ve en blanco y negro, el resultado
inevitable es una sociedad fraccionada. Una sociedad estancada, que no puede aprovechar
las oportunidades de desarrollo porque está muy ocupada intentando destruir al de al lado,
en vez de unir fuerzas para construir juntos.

Hace algunos años, muchos nos ilusionamos pensando que quienes llegaban al gobierno
trabajarían con transparencia, con el objetivo prioritario de sacar adelante el país, de
mejorar la calidad de vida de todos los uruguayos. Que trabajarían con una lógica de
integración, para construir un país con igualdad de oportunidades para todos.
Oportunidades de acceso a la educación, a la salud, a las necesidades básicas.
Oportunidades de trabajo justas, teniendo en cuenta y respetando las habilidades, la
formación y el esfuerzo de cada uno. Valorando la capacidad de cada uno en cada función.
Un gobierno que iba a encomendar la responsabilidad de dirigir cada área a quienes más
preparados estuvieran para la misma. Integrando las diferentes fuerzas políticas en esta
tarea. Porque eso fue lo que nos dijeron que harían. Porque todavía creemos que esa es la
manera de crecer como país.

Pero, en cambio, asistimos a un creciente deterioro de la sociedad.
Por supuesto que entre quienes integran el partido de gobierno hay personas muy capaces
y muy preparadas. Pero pocos son los que ocupan los cargos que los necesitan.
Los cargos públicos se llenaron de amigos y familiares; los ministerios, entes y otras
dependencias públicas tienen mucho más personal del que necesitan para funcionar con
eficiencia. En muchos casos, funcionarios sin más calificación para el cargo que ocupan que
la de ser amigos, familiares, o tener pendiente un favor, de alguien.
Esto es un costo altísimo para el Estado, para la sociedad, para cada uno de nosotros. No
solo por sueldos, por la ineficiencia de la función pública.

Y mientras esto sucede, muchos de quienes desarrollan un trabajo productivo,
especialmente en el interior del país, muchos de quienes con gran esfuerzo comienzan un
emprendimiento para el que se capacitan e invierten, muchos profesionales que invierten
tiempo, dinero y esfuerzo en estudiar, se ven abrumados por los castigos que el Estado les
impone por querer invertir en su país, por apostar a desarrollar una actividad productiva en
su propio país. Castigo en forma de impuestos y otros costos (porque de algún modo debe
cubrirse el alto costo que genera el Estado).

Muchos de ellos desisten, con la inevitable frustración y deterioro de la situación personal y
de la sociedad en su conjunto que esto genera. Porque cada pérdida, cada fracaso, va
deteriorándonos como sociedad. Y por este lado también se genera resentimiento.
Es posible que determinadas políticas sociales se hayan instrumentado con la mejor
intención, atendiendo a una necesidad inmediata. Pero lo que debió ser una herramienta
de arranque, un primer impulso para avanzar con políticas de promoción, se instaló en el
tiempo y se transformó en asistencialismo puro. Asistencialismo que desvaloriza y
subestima a las personas. Porque en esa lógica el Estado se hace cargo materialmente de
(algunos de) quienes tienen menos recursos y no les brinda herramientas ni oportunidades
para mejorar su situación. No les permite cortar su dependencia con el Estado.
Y esto no quiere decir que haya que cortar las políticas sociales como algunos han elegido
transmitir, en una suerte de amenaza para conservar votos, nuevamente subestimando a la
gente. Muy por el contrario.

Tampoco quiere decir que todo lo que este gobierno ha hecho en este sentido, en estos
casi catorce años, esté mal. Hay buenas iniciativas, pero muchas no se han podido sostener
en el tiempo, han sido mal gestionadas, o solo han podido atender a una pequeña parte de
quienes necesitan acceder a ellas.
La realidad es que el país necesita trabajar mucho más y mejor en las políticas sociales.
Pensarlas integralmente, teniendo en cuenta resultados a corto, mediano y largo plazo.
Lamentablemente, estamos frente a un gobierno que se ha embriagado con el poder, que
se ha vuelto egocéntrico y se cree omnipotente. Muchos de cuyos referentes se
autoproclaman dueños absolutos de la “izquierda” y hablan de todos quienes no integran
su fuerza política como de “derecha”. Necesitan ver y que los demás vean en blanco y
negro.

Nos están subestimando: subestiman a la población más vulnerable con políticas sociales
asistencialistas, desvalorizan a quienes dedican años a formarse en las universidades,
estimulan el resentimiento y el odio hacia quienes generan fuentes de trabajo y hacia
quienes producen. ¿Y por qué o para qué? Porque de esa manera nos dividen como
sociedad. Por aquello de “dividir para reinar”.
Y cuando esto pasa, cuando la película se ve en blanco y negro, perdemos todos.

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