Cambiar hacia un desarrollo humano sustentable

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Cambiar hacia un desarrollo humano sustentable

¡Qué lejos estamos de aquella sociedad hiperintegrada!, como la llamara Germán Rama. ¡Qué lejos de aquel país de las cercanías y de la sociedad amortiguadora!, como describió Carlos Real De Azúa al Uruguay y su sociedad de la primera mitad del siglo XX. Ambos, referían a las relativamente cortas brechas sociales que el Uruguay tenía. La igualdad de oportunidades y el ascenso social a través de la educación eran centrales para su desarrollo y prosperidad.

Integración social y educación que permitían tener valores, compromisos e ideales compartidos por todos los sectores de la sociedad o, por lo menos, por una mayoría muy amplia de ellos.

Hoy estamos muy lejos de todo aquello. La desintegración y la segmentación social son palpables, rompen los ojos, están a la vista y oídos de todo aquel que observe honestamente la realidad. La educación, como fuente y como promotora del desarrollo humano y base fundamental de la integración y la promoción social, es una pobrísima sombra de la que fue en otros tiempos.

Por qué y cómo llegamos a la situación actual, a esta dramática y dolorosa realidad, es un análisis que excede a lo que se puede abordar en un breve artículo. Sí, está claro, que el deterioro viene registrándose en un proceso de muchas décadas, con altibajos, pero con pendiente negativa en el mediano y largo plazo. Desde hace 50 años, y más aún, había diagnósticos que mostraban que nuestra sociedad iba camino a los resultados que hoy tenemos. Como colectivo no hemos podido revertir esta situación, han pasado diferentes gobiernos de diferentes partidos, también la dictadura cívico-militar que fue terriblemente negativa. Luego del retorno a la democracia los esfuerzos realizados fueron siempre insuficientes. Las reformas que se intentaron, algunas con relativo éxito, fueron parciales y la mayoría no lograron su sostenibilidad en el tiempo.

Como no hicimos las reformas necesarias, llegamos a los resultados diagnosticados por quienes habían estudiado a fondo la problemática social del país.

Durante los últimos trece años de gobiernos encabezados por el Frente Amplio, la situación ha continuado en franco deterioro. La educación tiene resultados muy malos, tanto en el aprendizaje específico en las diferentes áreas del conocimiento, como en la introducción, promoción y desarrollo de valores ciudadanos de convivencia, tolerancia, respeto mutuo, responsabilidades y hábitos de trabajo y estudio. Una realidad que empeora debido a que profundiza las inequidades sociales en lugar de disminuirlas, que tiene una tendencia a expulsar del sistema educativo a muchos de los jóvenes y adolescentes, principalmente de los sectores más pobres. Todo en contrario a lo que debería ser y a lo que hoy se necesita con urgencia.

Al mismo tiempo, los niveles de pobreza y de indigencia han descendido a porcentajes relativamente bajos, según las mediciones del INE que están basadas en los ingresos monetarios recibidos. Estos guarismos están claramente influenciados por la aplicación de políticas sociales asistencialistas para un importante sector de personas, basadas en transferencias monetarias sin contrapartidas por parte de los beneficiarios. Pero la pobreza, tal como se manifiesta en el Uruguay de hoy, es un concepto que abarca mucho más que el aspecto económico, que es importante pero insuficiente. Para los ciudadanos que están comprendidos en esa franja de población existe una falta de acceso real y concreto a un mínimo de servicios públicos de calidad, en salud, educación, cultura (entre otros rubros), además de tener escasísimas oportunidades de protagonizar una efectiva integración y promoción social.

El escenario descripto anteriormente da cuenta de un rotundo fracaso de las políticas sociales que se han aplicado en estos años. Los gobiernos del Frente Amplio no han logrado revertir la tendencia decadente, más aún, en varios aspectos han acelerado la caída. Se quedaron en una primera fase de atención a la emergencia social, pero para un vasto sector de población, lejos de eliminar la pobreza la han disimulado, diría enmascarado a través de mecanismos y artilugios que han permitido a muchos ciudadanos superar la línea de pobreza medida por ingresos. Pero esto no es eliminar la pobreza, porque estas políticas los dejan a la merced de los vaivenes económicos, sin margen para sostenerse en el tiempo ante situaciones menos favorables y sin herramientas que les permitan superarse y revertir sus trayectorias de vida.

Aquí está lo más grave, en estos años se agudizó la inequidad y la desintegración social. Hoy existe una realidad que enfrenta a sectores de la sociedad, con segmentaciones regidas por una lógica de amigo-enemigo y con un proceso de “guetización” de algunas zonas del territorio.

En tanto, el actual gobierno está inerte, congelado y sin reacción para encarar las reformas urgentes y necesarias. Está claro que el Frente Amplio como fuerza política que lo sostiene, ha fracasado en algunos de sus principales e históricos postulados políticos: la equidad, la integración y la justicia social.

Es hora de cambiar, y se puede!!

Es hora de cambiar hacia un verdadero camino de recuperación del entramado social, con integración, solidaridad y efectivas posibilidades de promoción para todos los ciudadanos. Un camino hacia un desarrollo humano sustentable.

Se puede cambiar y quienes entendemos que así debe ser, tenemos la obligación ética de trabajar para hacerlo. Esto no quiere decir que hay que borrar y empezar de nuevo, no, eso sería un profundo error. No se puede pretender estar “refundando” la sociedad, ni “restaurando” ningún pasado, se trata de continuar lo que está bien, que lo hay, cambiar lo que no funciona y proyectar el porvenir con imaginación, coraje y decisión.

Lo principal es querer cambiar, saber que se puede y animarse a hacerlo.

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