Coaliciones, partidos e ideología

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Por Hebert Gatto

La inviabilidad de la coalición multicolor fue denunciada por la oposición aún antes que ésta exhalara su primer suspiro. Débil, artificial, demasiado numerosa, sin antecedentes sólidos, oportunista, carente de fundamentos ideológicos, colcha de retazos, fueron los epítetos descalificatorios. Rara vez se concedió que la “multicolor”, basada en un programa político común: el “Compromiso por el País”, reúne características que hacen que su éxito resulte ventajoso para sus integrantes.

Es verdad que su corta vida no permita todavía efectuar pronósticos definitivos sobre su devenir, por más que ya ha habilitado la votación de una ley compleja como la L.U.C., de fundamental importancia para el nuevo gobierno y haya sobrevivido, sin daño conocido, a la renuncia como Ministro del segundo en importancia política de sus fundadores. La politóloga Rosario Queirolo, se ha preguntado, en fundado trabajo, si el triunfo opositor en las recientes elecciones ha supuesto un giro a la derecha de los uruguayos, demostrando que dicha hipótesis es errónea. (1)

Sostiene, con buenas razones, que este electorado, sin perjuicio de la respectiva afiliación partidaria de sus integrantes, se agrupa en lo que ella denomina dos “bloques ideológicos,” situados en el centro derecha y el centro izquierda del espectro. Argumenta que ambos conjuntos muestran presencia desde el año 2000 con pequeños intercambios de votantes en las sucesivas elecciones, quienes en definitiva determinan, pese a su escaso volumen, a su triunfador. La última fue la victoria de Lacalle Pou, lo que supuso un gobierno situado en el centro derecha del espectro. En la medida que ambos bloques son contiguos, con naturales afinidades, esto impide cambios bruscos en sus respectivas orientaciones electorales. No por ello se le oculta que el Frente Amplio se declara programáticamente como una coalición-movimiento, que según la clasificación del inolvidable Luis Eduardo González reúne o reunía características de partido desafiante, si bien su triunfo en tres elecciones consecutivas le permitió trascenderse como un multi-partido al que el tiempo y el propio ejercicio del gobierno le otorgó características tradicionales. Lo sitúa en el centro izquierda del espectro partidario, pese a contar con grupos de proclamada definición socialista que junto a otros de orientación social demócrata y social cristiana confieren a la coalición su perfil mixto.

Lo mismo, ocurre en la multicolor, donde la presencia de Cabildo Abierto, un partido “populista, nacionalista” y tradicionalista, no obsta a un acuerdo donde el predominio de blancos y colorados con definiciones centristas permite emplazarlo en el centro derecha, no muy lejos de su rival frentista. Menos impide que tanto los batllistas correspondientes al grupo de Talvi como los independientes del partido de Mieres puedan calificarse como “liberales-igualitaristas”, una identificación donde la preocupación social se halla particularmente señalada y que, en su momento, fuera profundizada por John Rawls y sus seguidores.

Por su lado las orientaciones del actual Frente Amplio, luego de la implosión soviética, admiten en sus aspectos doctrinarios ser interpretadas con más detalles, particularmente en relación a sus socios más radicales, cuya confesa auto calificación como “socialistas” merece análisis. Advirtamos que en las últimas elecciones nacionales el Movimiento de Participación Popular, el Partido Comunista Uruguayo y el Partido Socialista, junto a pequeños grupos independientes lograron más del sesenta por ciento de la votación del Frente. Ello implicó que pasaran a ser mayoría lo que a su vez redujo la presencia de la social democracia actualmente una franca minoría. Asimismo, estos tres partidos, como dijimos adhieren expresamente al socialismo, ideologia que deviene preponderante en la coalición. Por más que, luego del colapso soviético de 1989, con excepción del Partido Comunista que sigue, con algún reparo, adherido a su ortodoxia marxista-leninista, tanto el MPP como el P.S. hayan renunciado a la revolución sustituyéndola por la vía electoral. Admiten además, que el proletariado no es el necesario protagonista para el logro de la sociedad sin clases. Lo que supone, nada menos, que el abandono tácito del clasismo como categoría definitoria y motor de la estrategia revolucionaria de la izquierda, que deja de ser un ordenado conjunto histórico de modos de producción.

Estas renuncias, consecuencia del debilitamiento del marxismo como su fundamento teórico, conlleva adjunta la reivindicación de la democracia, de la que antes descreían, considerada mera forma de encubrimiento de las iniquidades de las sociedades burguesas. Aún cuando no se trate exactamente del regreso a la democracia liberal en su expresión jurídica clásica, sino más bien de la adhesión al principio mayoritarista de legitimación del poder en su etapa de transición. Característica básica de todos los populismos, que en el mundo han sido. Como resultado, estas formaciones, abocadas a su irreversible vaciamiento ideológico, apoyan cada vez más decididamente a diferentes movimientos sociales, el feminismo en primer lugar, proclamándose articuladores y unificadores de sus respectivas reivindicaciones. De este modo postergan calladamente la categoría trabajo, antes considerado concepto antropológico central del proceso civilizatorio, aún cuando no desprecien la ayuda del sindicalismo, en la marcha hacia el socialismo, transformado en un mito, ajeno a una meta política alcanzable.

Tanta orfandad suscita interrogantes, ¿en que medida es compatible la democracia, aún en su versión mayoritarista, con el socialismo? ¿Cómo estabilizar el modelo socialista y mantenerlo en el tiempo, condición indispensables para su consolidación, en atención a los cambios electorales periódicos que la democracia exige como principio definitorio de su pluralismo. Problemas demasiado arduos para la nueva izquierda populista, que habiendo abandonado sus orgullosos basamentos teóricos, se contenta con administrar un capitalismo atenuado, mientras promete para los tiempos de San Boronbón, un socialismo que el siglo XX ha mostrado impracticable en cualquiera de sus formas.

(1) ¿Qué significa el “giro a la derecha” uruguayo?, Nueva Sociedad, No. 287, Mayo/Junio 2020

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Publicado el

julio 26, 2020

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