Desidia, el veneno de los uruguayos

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Desidia, el veneno de los uruguayos

Por Luis Nieto

Se entiende por desidia una de las actitudes más negativas que puede tener el ser humano y que tienen que ver con la despreocupación o el desinterés ante la situación de dolor, sufrimiento o malestar del otro. / Desidia es la negligencia, falta de esfuerzo y de cuidado para realizar una tarea. Es deseo de abandonar lo que se tiene. Deseo y desidia provienen del mismo término latino desidere. La desidia abandona lo que tiene, y el deseo añora lo que perdió. Desidere está integrado por el prefijo de que indica separación y el verbo sidere que significa sentarse. 

Tal vez quien con más certeza ha interpretado el estado espiritual de los uruguayos frente al futuro ha sido el expresidente Mujica con aquello de los Bosquimanos, como paradigma: Sólo trabajan para vivir. Mientras recojan frutos de los árboles, o carne de alguna gacela no se estresan. Se calcula que hay unos 95mil individuos yendo de un lado para otro de África, en la búsqueda de lo que ha sido su forma de vivir al día. En sus genes hay trazas de los primeros africanos que poblaron Europa. Hoy, el continente ha cambiado, y más desde que los procesos de descolonización han puesto en las manos de los propios africanos la administración de sus territorios.

Juan Jacobo Rousseau, en su teoría “del buen salvaje”, imaginó un hombre originalmente bueno y predispuesto a la vida en sociedad, pero la complejidad de ésta lo corrompe. El Estado nace con el fin de proteger la propiedad privada, legisla a favor de la propiedad privada, generando violencia social e injusticia que acaba moldeando a aquel buen salvaje en una pieza de un engranaje despótico.  El bosquimano errabundo va chocando con espacios cada vez más espesos de modernidad, aunque se trate de uno de los continentes con peores indicadores de desarrollo.

De alguna manera, la imagen del bosquimano refleja la visión bucólica de Mujica, que es tan alejada de la aspiración social como de los individuos, que quieren pero no pueden. ¿Podemos culpar a los seres humanos que se chupa este vertiginoso torbellino de lo que parece ser la modernidad, en un sentido crítico, como débiles y huecas voluntades vencidas de antemano?

Rousseau sostiene que la sociedad humana sólo es viable en la medida que se cumpla el “contrato social”,  un acuerdo tácito, surgido de la evolución de la especie, indispensable para mantener niveles de convivencia aceptables. Pero en el limbo de las grandes mayorías, y hasta formando parte de ellas, el descreimiento convive con la obligación social, como una persistente lima que va suavizando los impulsos, va dejando de lado sueños personales, a veces ante una real imposibilidad, otras veces como producto de una sociedad saciada, que ha visto la inutilidad de los grandes esfuerzos como un bálsamo ante la disyuntiva de sumarse a la carrera por la propiedad o bajar los brazos y alimentar el alma con la conformidad que nos dejó Discépolo.

Desidia, el veneno que nos viene convenciendo de no levantar los brazos, porque para qué. Nos ha calado hasta los huesos la idea de que al hacer algo por nosotros y los nuestros más prójimos estamos causando un mal horrible al resto de la máquina social. Es mejor borrarnos en la masa, porque, al menos, nos eximimos de cargar con la mala conciencia de los pecados ateos. La gran corrupción empieza en la fotocopia de cualquier oficina del Estado. Somos, nos sentimos propietarios de esas hojas, del tonner y hasta del tiempo que empleamos en copiar los libros de nuestros hijos, y hasta las recetas de cocina que nos pidió una amiga de la familia. La gran corrupción crece desde el pie, desde el estado de descreimiento en que hay algo mejor si nos sumamos a las filas de los que creen que no siempre fue así.

Este país es muy particular. No sabemos de dónde sale tanta humildad si hemos hecho proezas. Nuestros abuelos no hubiesen llegado al puerto de Montevideo de no haber sonado con mucha fuerza el llamado de la esperanza. Cuando el mundo se venía abajo los obreros, con palas y carretillas construyeron, en un año el estadio que abriría uno de los eventos deportivos de todos los tiempos. Aunque la fecha formase parte de las grandes convenciones que nos hemos tenido que dar para formalizar, de alguna manera, la epopeya nacional, el centenario del Uruguay, de la Banda Oriental, o como queramos llamar a esta tierra, fue motivo para construir el Centenario, entre otras tantas obras que los uruguayos dejaron en pie para una sociedad que tuvo sueños, y que pensó sus hijos seguirían teniéndolos.

¿Los que continúan yéndose, continúan perdiéndolos? Y sí, es así nomás. Los sueños de nuestros hijos se van hacia otros lados, y el amargo veneno que vamos dosificando con cada mate nos quita las fuerzas de rebelarnos contra lo inevitable. Algunos renacen por un tiempo, cuando llega la invitación y el pasaje para ir un mes a Noruega o a Australia donde están aquellos que se cansaron de aceptar la lenta desaparición de los que construyeron un gran país en un pequeño pedazo de tierra, nada menos que entre los dos más grandes de América del Sur. Ya no quedaba ni la sombra de Ponsonby cuando el Estado independiente, devenido en República, se las tuvo que arreglar sola para existir y ser diferente a nuestros poderosos vecinos.

Luces y sombras que no pueden abarcar las estrofas del himno que dejaron Acuña de Figueroa y Francisco Debali, y cuando se quiso escapar del alcanfor en la voz del Zurdo Bessio, fueron más los que reprobaron el atrevimiento de aggiornar esa repetida pieza de guerra que los que disfrutaron de una voz tan murguera, tan de hoy. Y allí quedó la cosa, allí quedó el esfuerzo renovador que pide a gritos sonar distinto para que nos convenzamos que hace falta, urgente, una mirada más piadosa hacia nosotros mismos. Por favor, perdonémonos cinco minutos de sueños.

La desidia está acabando con nosotros, nos está obligando a convivir con la muerte violenta, con lo peor que podemos poner en el pecho de nuestros hijos. ¿Cuándo vamos a despertar de esta somnolencia que provoca esperar al último ciclista? Recién el pasado domingo empezó el año en Uruguay, ¿nos damos cuenta que eso es rigurosamente cierto y lo repetimos como idiotas que valoran más la derrota que los momentos de esplendor cívico, como el acto del Obelisco o el voto por el No?

La lucha partidaria nos va llevando hacia un fracaso, y no porque exista un mejor sistema que el de los partidos políticos como sistema democrático sino porque nos estamos transformando en zombis al servicio de un previsible fracaso. Cada día una locura mayor que la del día anterior y la aceptamos cada vez con más firme resignación. Lo de este hombre que mató a su exsuegra, a un policía y a sí mismo, tras dejar una estela de mensajes dolorosos es nada más que otra de las señales de que la desidia nos está llevando, cada vez con mayor normalidad, a los primeros escalones del ascenso a la locura.

Habilidades

Publicado el

mayo 7, 2018

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