El día después

Escribe: HEBERT GATTO

Cuando esta nota se publique la mitad mayor de los uruguayos estarán festejando y la menor, deplorando lo sucedido. Este previsible desenlace ocurrirá por más que el candidato frentista siga reclamando un milagroso Maracaná de última hora. Tanto lo dominan sus temores, que cambió de estrategia y discurso, admitiendo la injerencia de los popes de su coalición, a los que, en señal de continuidad, debió aceptar como ministros. Al tiempo, pasó de una machacona retórica de propuestas, de las que supuestamente carecería su rival, a un posterior rol dirigente  (reñido con las anotadas designaciones), donde advirtió que será él quien, en cada caso, decidirá si el Programa Frentista tendrá aplicación. Tamaños quiebres y requiebres, no son, o no son solamente errores estratégicos, son embustes, signos de impotencia. Suyos y de su entorno.  No por casualidad, azorados se levantaron sus futuros ministros y Mujica señaló que sólo los monarcas gobiernan sin partidos ni programas. 

Es notorio para quienes me conocen que confío en un triunfo de la coalición opositora. Esta vez no se trata de una elección cualquiera, donde la eventual llegada de un nuevo gobierno supone la común alternancia que generalmente conlleva la democracia.  Un cambio de administración que en circunstancias normales,  no implica modificaciones trascendentes en el conjunto de la sociedad. Aquí se trata de otra cosa, más sutil y compleja.  El Frente Amplio, luego de quince años de gobierno y de haber colonizado con éxito a las dirigencias intelectuales y gremiales del país, ha conseguido lo que se propuso (no sin la ayuda de un liberalismo económico a menudo ciego y conservador): una notoria hegemonía cultural que ya no requiere del trabado relato ideológico en el que antes fundaba sus propuestas. Alcanza con la propuesta gramsciana de una predominancia espiritual manifestada a través de instituciones y movimientos sociales impulsados desde el poder. Con ella se sustituye la imposible revolución armada por la guerra de movimientos con la final conquista del sentido moral de la sociedad.  En definitiva el ethos populista, con el socialismo -más discursivo que real-, como lejano objetivo. Tal el discurso de la democracia iliberal.  

Esta izquierda que con soberbia sin par pretende la exclusividad de la representación de pobres y marginados, pero que ya no condena al capitalismo sino que lo promueve y aplica, se manifiesta en el Uruguay mediante el Frente y sus partidos.  Por eso es imperativo alejarlos del Estado, no para sustituir en su esencia la estructura económica vigente, que, ante la ausencia de modelos decentes de reemplazo, seguirá corporizada en un reformismo capitalista. Aún cuando, a diferencia de lo que aquí ocurrió, deba ser sensatamente aplicado, tanto en las buenas como en las malas coyunturas. Lo que ahora sí cambiará son instituciones, hombres, estilos y tradiciones, pautas vitales para conservar el liberalismo político frenando el creciente corporativismo social mediante la defensa del ciudadano, afirmando la equidad y la transparencia, el regreso a una estrategia de reafirmación de los valores democráticos en el mundo así como del pluralismo político, social, gremial y cultural, mediante una nueva política fundada en la tolerancia, el diálogo y la modestia. Lejos por fin, de verdades incontrovertibles.  

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Publicado el

noviembre 20, 2019

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