La democracia liberal amenazada – Las elecciones en Brasil

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La democracia liberal amenazada – Las elecciones en Brasil

Escribe: Hebert Gatto

Jair Bolsonaro, el temible capitán de las tinieblas se impuso holgadamente en las elecciones del país vecino. Algo que a priori cuesta concebir pero hoy, aterradoramente cierto. Sus dichos ya no son los de un desafiante, una figura  al que inicialmente, por su desembozada intemperancia, pocos adjudicaban chances, son manifestaciones del Sr. Presidente electo de la República Federativa del Brasil. Refieren a la conducción de la principal potencia de Sud América, un país con más de docientos millones de habitantes, quinto en superficie y novena economía mundial, que de pronto, sin preparación para asimilar el nuevo desafío, entrega el poder a un confeso practicante del autoritarismo. Un “outsider”, critico de la democracia. 

Su discurso es intolerable, una síntesis trasnochada de Louis de Bonald y Joseph De Maistre. Sin embargo, más allá de las notorias limitaciones culturales del personaje y de su ideología posfascista, su elección no fue producto de un acto meditado del pueblo brasileño. De un cálculo reflexivo de ganancias y pérdidas. Menos de un largo proceso donde conocidos partidos en pugna, aupados en sus tradiciones, discutieron en el ágora pública sus posiblidades electorales. Fue, prefiero creerlo, una reacción visceral ante la corrupción e incompetencia del elenco político norteño, su clase empresarial y sus débiles partidos. En primer lugar del PT y del sobrevalorado Lula, a quien, con la ligereza que caracterizan estos tiempos, se pretendió distinguir con el Premio nobel de la Paz. Una distinción que se prodiga con excesiva generosidad y muy poco cuidado. Por más que el fenómeno de crisis del pensamiento democrático liberal que aquí personifica Bolsonaro,  no se limita al Brasil, tiene aire epocal y es consecuencia de un particular período histórico carente de certezas y sumido en una grave desazón ideológica. Un lapso que luce la particularidad de consagrar, parecería que definitivamente, la desaparición, luego de la debacle del siglo pasado, tanto del fascismo clásico en versión italiana o alemana como del marxismo leninismo, también arrasado, en cualquiera de sus expresiones, de la soviética a la china. Pero que, para cerrar el círculo, exhibe igualmente la quiebra del socialismo (incluyendo al apelado como democrático, siempre que se entienda por socialismo la socialización de la economía como superación del capitalismo). Lo cual como es obvio, ha dejado para sus partidarios de uno y otro lado, una sensación de orfandad nada fácil de compensar. Particularmente porque no alcanzó para equilibrar la pérdida, con el apoyo y adhesión a las instituciones democráticas, insustituibles pero para nada emocionantes, muy lejos de la ilusión, del irremplazable sentimiento de renacimiento, tanto individual como social, que suscitaban, a derecha e izquierda, las perdidas utopía. El sueño de un mundo perfecto sin opresión y desigualdad. Y ello aún en el caso que el desempeño de la democracia en el período hubiera sido el mejor, el más acorde con sus fines y valores, lo cual, y no únicamente por el tema de la corrupción, estuvo lejos de ocurrir en el siglo XX incluyendo este fin de siglo y primeras décadas del actual. Un período que prolongó, sin dar soluciones, enormes inequidades históricas sociales y nacionales.

Por eso, aún cuando estas elecciones brasileñas hayan sido perfectamente legítimas (que parece que lo fueron), ello no le quita su carácter reactivo, una respuesta insensata y emocional que no considera consecuencias y termina aceptando como crisis terminal de la democracia, lo que fue una falla monumental de sus operadores. Ello explica la peligrosidad de este tipo de reacciones. Pero también aclara como pudieron imponer su discurso quienes agitan una respuesta antipolítica (que descree de  instituciones, principios, garantías y muy especialmente de los derechos de las minorías), y niegan radicalmente la tradición liberal ilustrada. Con este discurso, apoyado por más de la mitad de los brasileños, triunfó el neopopulismo. Un fenómeno relativamente novedoso emergido en el siglo XXI tanto en el seno de la izquierda latinoamericana, con la proliferación de regímenes populistas en Argentina, Bolivia, Venezuela, Nicaragua o Ecuador, como en la derecha europea, con la irrupción de populismos reaccionarios como los de Hungría, Polonia, Austria, Italia o Francia, o incluso Alemania. Por más que la figura reconozca lejanos fundadores en formaciones políticas surgidas en el siglo XIX, como los populistas rusos, antecedentes de la revolución soviética, o  el Partido del Pueblo en Estados Unidos, o, ya en el siglo XX, durante la llamada época clásica del populismo latinoamericano, vigente desde la crisis económica de la decada del treinta hasta el fin del modelo de sustitución de importaciones a fines de los sesenta de ese período. Como fue el caso típico del varguismo y el peronismo. 

Lo concreto es que, quizás rememorando este discutido auge ya lejano, en ambos continentes crecieron de la nada partidos que pretenden devolver “al pueblo” su perdida soberanía para, normalmente conducidos por un líder electoralmente escogido, recrear míticas comunidades orgánicas, ideologicamente homogéneas prestas a equiparar y resolver sus distintas demandas.  En esta línea ambas perspectivas, alterando solo sus énfasis y sus objetivos económicos, proponen un mundo antiliberal conformado por “el pueblo”, una comunidad de sanas familias, etnias o grupos escogidos de la sociedad civil. Todos opuestos al conformismo de las élites (políticas o económicas) integradas por políticos tradicionales y sus modelos partidarios sustentados, así se lo describe, por clases medias conformistas. Con este discurso el mundo político se divide entre un “nosotros”, los relegados pero sanos y “ellos” las minorías corruptas, espiritualmente enfermas. Con la particularidad que para la izquierda populista los grupos postergados: mujeres, pobres, homosexuales, marginales, trabajadores desplazados, anticonformistas, desocupados, etc. sustituyen al proletariado, vieja categoría marxista actualmente desplazada en su misión revolucionaria. Aún cuando, vale aclararlo, no todas las izquierda ni todas las derechas, admitan la forma populista. En la izquierda, ni los remanentes leninistas, por más que resten pocos, ni su variante social demócrata, adolece de esta modalidad. También escapa de ella el centro derecha y las derechas liberales. 

El modelo populista, que aquí nos ocupa, pese a sus dos versiones y a sus bases económicas parcialmente opuestas, mantiene una estructura básica similar y un estilo político común, sin perjuicio que los grupos que forman al “pueblo”, unidos por su rechazo al “sistema”, varien sus componentes en cada versión. Dependiendo de las circunstancias históricas de las diferentes sociedades y fundalmente de su cultura partidaria.También importa reparar que  las derechas aún las más conservadoras ya no son necesariamente proteccionistas y las izquierdas, salvos reductos menores, conservan del socialismo, solamente una débil nostalgia, empujando con timidez un “capitalismo solidario”, que rescata al cooperativismo y las asociaciones sin fines de lucro.  Con ello, ambas visiones al tiempo que morigeran su pugna socioeconómica se identifican con formulaciones políticas agonísticas, contrarias al consenso, redencionistas, renuentes a las instituciones y de vocación mayoritarista. Modelos estructuralmente similares, que al rechazar el diálogo y el acuerdo, en tanto sostienen que el carácter irremediablemente agonista de la política no puede superarse, fundan desde ello su escaso respeto a las minorías y su definido rechazo  a cualquier concepción consensual de la sociedad.

En esta nueva realidad neopopulista, la política, como campos de batalla por la hegemonía en el sentido gramsciano de la expresión, supone, aunque lo encubra, el enfrentamiento de amigos y enemigos, siguiendo en esto a Karl Schmitt, un fascista clásico, ahora bajo el magisterio adaptativo del recientemente fallecido, Ernesto Laclau y de su discípula, la combativa Chantal Mouffe. Fiel a estas tradiciones el neopopulismo reedita y al tiempo retoca atenuando al viejo totalitarismo antiliberal y revolucionario que izquierdas y derechas (comunistas y fascistas) compartieron en el siglo XX, solo que ahora –al conceder elecciones-  acepta que vive en tiempos nuevos, posmarxistas y posfascistas y que por lo mismono pueden eludir esa instancia. Sus proyectos no son, como eran en el siglo XX claramente antidemocráticos definidos por la revolución o el golpe de estado, ahora rescatan los procesos electorales, por más que en sus dos alas se sigan definiendo de modo expreso y manifiesto como profundamente antiliberales. Además, por esa misma razón, proclaman la superación de la democracia representativa y el mandato imperativo a través de instituciones de democracia directa. Ninguna de las cuales ha conseguido un desarrollo sustantivo capaz de emparejarse con los mecanismos representativos, de los cuales, en su mejor expresión, representan un complemento.

Aún con esta concesión su propósito común se presenta como antipluralista y antiindividualista y se traduce en la separación, la ruptura de la ligazón entre los dos términos, las dos cosmovisiones que en un largo proceso civilizatorio de acercamiento se fusionaron en la democracia liberal, sustituyendo esta síntesis por otra que ahora pasa a denominarse democracia  popular, bolivariana, del siglo XXI o nacional. Todos  adjetivos que pretenden suprimir los sucesivos aportes de la modernidad a la más aceptable (no la más perfecta) de las formas políticas erigidas desde las grandes revoluciones atlánticas hasta el presente. La democracia liberal, cuya representatividad, digámoslo al pasar, tampoco obsta, como objetan sus críticos populistas, a la admisión de mecanismos de participación directa. De ese modo, oponiéndose frontalmente al liberalismo político, izquierdas y derechas populista, aun cuando no se confundan totalmente, coinciden en su saña contra las prerrogativas de la subjetividad –el inarcesible valor de cualquier ser humano por el hecho de ser autoconciente y único-, características a las que tachan de individualismo posesivo o de ignorancia del valor determinante de la comunidad, la raza o el género sobre el individuo. De allí su común desconocimiento de su valor como unidad ética, valorándolo solamente a través de corporaciones o formaciones sociales abstractas que lo subsumen y subordinan.

Unos, en síntesis, creyendo que se puede canjear el pleno desarrollo de la individualidad por una presunta igualdad social consustancial al “pueblo” homogenizado, los otros proclamando que sólo se la puede concebir a través de una unidad mayor: la comunidad, la nación, Dios y/o la tradición. Ambos aspirando a borrar su unicidad como actor y sujeto de derechos.  Lo que conduce a dos formas de concordar, no en una concepción antropológica del “homo sapiens” cuyo necesario componente sociocultural intersubjetivo no se niega, sino en la desconsideración moral de cada individuo como existencia autónoma irrebasable. Una confusión entre el ser y el deber ser del mismo, que reconoce en el estructuralismo sus orígenes más cercanos. Por eso el común propósito de ambas versiones del neopopulismo no es asumir la incesante tarea de perfeccionar la democracia liberal generando instituciones que respetando su individualidad propendan a la igualdad entre los seres humanos y combatan la azarosa lotería biológica de los talentos  (el gran débito del liberalismo económico), sino en arrasarla, en aras de priorizar un macrosujeto social erigido en el objetivo determinante de la lucha política.

Para los populistas de izquierda, que en este aspecto se alejan incluso del propio Marx, la sociedad no es un medio, un instrumento para el desarrollo del individuo, como teorizaba Locke y el liberalismo, sino, como adelantábamos, un fin irrebasable, al que los sujetos deben subordinarse. No solamente en la primera etapa de la revolución social de carácter dictatorial, como aspiraba Marx, sino como estado final de la comunidad. Ambos populismos coinciden de esa forma con el nacionalismo transpersonalista de las derechas que no conoce hombres sino connacionales. 

Cabe acotar que la progresiva desaparición de los neopopulismos de izquierda en América Latina, ratificada por este triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil, modifica el mapa de su difusión. De un momento inicial donde el populismo hizo su aparición por la izquierda – iniciando una breve, vivenciada desde ella, como esperanzadora etapa de renovación política-, se pasa a una probable segunda fase aún en desarrollo, donde, declinante en la izquierda latinoamericana, se reafirma con vigor a la derecha del espectro político. Por más que en ambas versiones, siga apareciendo como el más firme enemigo de la democracia liberal. Como su némesis. Extinguida o muy comprometida la vieja oposición suscitada por el totalitarismo del siglo XX, el neopopulismo del siglo XXI, su sucesor, se transforma en su principal impugnador ideológico.        

 

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