La ideología frentista

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La ideología frentista

Escribe: Hebert Gatto

A diferencia de lo que antes ocurría, los partidos del Frente Amplio comienzan a advertir que sus referencias externas se derrumban a velocidad de vértigo.Todo comenzó al inicio de los noventa con el inesperado y catastrófico colapso de la Unión Soviética, acontecimiento que no afectó unicamente a los comunistas ortodoxos; tuvo ramificaciones que dañaron seriamente al propio marxismo, su sustento doctrinario. El proceso admitió siniestros precedentes en los estados totalitarios de Alemania Oriental, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Albania, Bulgaria o Polonia, o en las decenas de millones de vidas humanas sacrificadas en China, Camboya Corea del Norte o Viet Nam, antes de los ochenta del centenio anterior. Todos experimentos marxita-leninistas.

Por mas que como es notorio, la erosión del pensamiento de la izquierda no se detuviera en ese punto y terminara dividiendo, ya en el siglo actual, sus últimas expresiones en América Latina como el chavismo y derivados. Tanto que no hay forma de justificar este ocaso; resulta inocultable que el siglo XX ha significado la tumba del socialismo que en su decurso no consiguió implantar un solo ejemplo de sus presuntas bondades en ninguna zona del mundo, excepto Cuba o Norcorea. Anque se trate todavía de una muerte ocultada. Como teorizaba Karl Popper ninguna hipótesis es verdadera por sí misma, debe ser formulada de tal modo que permita ser falsada por la evidencia empírica. Aún cuando disguste, ninguna falsación más clara que la del socialismo.  

Asumir esta verdad respecto a la irreversible decadencia de este modelo, ya como propuesta política, ya como hipótesis científica sobre la realidad, exigirá a la izquierda deponer antiguas banderas. Aún cuando ello no implique aceptar la desigualdad producto tanto de una  desordenada globalización como de un capitalismo excesivamente ajeno. Sí, dicho sea al pasar, este abandono del socialismo se efectivizara, implicaría el triunfo de su histórico rival: la social democracia que si fue incapaz de pergeñar un exponente socio-económico original, introdujo considerables reformas que mejoraron, aunque no desnaturalizaron, al capitalismo. Algo que, aunque no reconozca, el frentismo conoce.

Por ello, estas consideraciones no son ajenas a algunos intelectuales de la izquierda uruguaya, valga el ejemplo de Alvaro Portillo en Brecha, que asumen la necesidad de revisar convicciones asumiendo que así debería procederse con varias de las referencias históricas externas. Al tiempo que reconocen francamente que tanto la democracia como los derechos son bienes irrenunciables. Ocurre sin embargo que pese a la valentia de estos planteos los mismos continuan pagando tributo al pasado. Asumen el cambio pero lo relativizan: lo hacen al proponer que las diferencias en la apreciación de  fenómenos políticos ajenos no incidan o fisuren la conformación partidaria de la coalición. Resulta incoherente –sostiene Portillo “resquebrajar la unidad por lo que ocurre a unos miles de quilómetros de distancia”. Un planteo contradictorio que retorna al pasado cuando todo servía si ayudaba al socialismo. Existe un internacionalismo que ni la izquierda, el centro o la derecha política pueden descuidar o relativizar: el de la democracia y sus derechos. La experiencia en contrario es demoledora.

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