¿La irresistible ascensión de Bolsonaro?

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¿La irresistible ascensión de Bolsonaro?

La irrupción de Jair Bolsonaro en el escenario político de Brasil y su éxito electoral, aparenta indicar que se avecinan tiempos difíciles. Aunque no parece ser un hecho aislado –el avance de la derecha xenófoba en Europa, con Salvini, Orbán o Marine Le Pen, como expresiones resaltantes-, así lo demuestra. Y aunque en primera instancia nuestro país pueda ser visto como alejado de esta corriente, se hace necesaria la reflexión.  

¿Cómo se explica este fenómeno? ¿Puede un candidato abiertamente racista triunfar en un país donde la mitad de la población es negra o mestiza? ¿La misoginia y la homofobia dejaron de ser castigadas por el electorado? ¿Es tal el rechazo a la política tradicional en nuestro vecino norteño? ¿Importa más el discurso anticorrupción que la igualdad social? ¿Cuáles fueron los errores del PT para llegar a esta situación? ¿Se vació de contenido la democracia? ¿Cómo afecta la realidad continental el triunfo eventual de Bolsonaro en Brasil? ¿Está Uruguay vacunado?

La pregunta clave es: ¿se vació de contenido la democracia?  Lamentablemente, en muchos países de América Latina la respuesta es: sí. Y en Uruguay no estamos a salvo, ni vacunados, si no nos decidimos a enfrentar los problemas que la ciudadanía está reclamando.

Democracia significa gobierno del pueblo, y el pueblo reclama libertad, justicia social y progreso económico.  Ello solo puede conseguirse dentro de la democracia y no contra la democracia  como pretenden algunos.

Los pueblos de América Latina,  y los uruguayos  también, hemos dado una histórica lucha para conquistar espacios de libertad,  justicia y progreso y esta fuerza sigue viva a pesar de todos los tropiezos que hemos tenido y que seguimos teniendo. El proceso  ha sido acompañado de  otra disputa, igualmente vital y humana, que es la lucha por el poder. Deberíamos tener claro a estas alturas que no hay otro camino que la democracia para lograr ambos objetivos. Quienes han llegado al poder por otros medios, sean estos de izquierda o de derecha, han sofocado siempre la libertad y la justicia.

La democracia es un sistema político que tiene como base un proceso electoral, libre y limpio,  para elegir a sus autoridades. Pero no se agota ahí. En América Latina, el continente más desigual del mundo, la democracia debe resolver las carencias en materia de derechos civiles y sociales que padecen nuestras sociedades. Si no lo hace, no habrá futuro de paz y prosperidad ni podrá llamarse gobierno del pueblo.

Son los políticos los que deben darle fuerza y credibilidad a la democracia. A principios del milenio, una encuesta de Latinobarómetro (2002) revelaba que solo 2,3% de los encuestados (19,279 personas) respondió que los políticos cumplen sus promesas electorales. 96% respondió que no las cumplen porque 1) mienten para ganar las elecciones (64,7%); 2) el sistema no los deja cumplir (11.5%);  3) ignoran lo complicado que son los problemas (10,1%);   4) aparecen problemas más urgentes (9,6%).

¿Qué hemos hecho para cambiar esa percepción? ¿Hemos dejado de mentir para ganar las elecciones? ¿Hemos administrado con responsabilidad y  con probidad los recursos que nos han sido confiados? ¿Hemos gobernado para el pueblo  o para asegurar la permanencia en el poder? ¿Hemos incluido en la agenda de trabajo enfrentar y reformar el “sistema que no nos deja cumplir”? ¿Hemos puesto nuestra mejor gente para resolver los “complicados” problemas? 

Es así como  los políticos pierden credibilidad, los poderes fácticos y corporativos mandan y la democracia se vacía de contenido. Es lo que los totalitarios de derecha y de izquierda necesitan para tomar el poder con la mesiánica promesa de derramar felicidad y soluciones sobre la sufrida población. El problema es que, esto último,  nunca lo han cumplido.

Gonzalo Pérez del Castillo 

Habilidades

Publicado el

octubre 15, 2018

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