LAS ELECCIONES NORTEAMERICANAS

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Escribe: Hebert Gatto

            Aún cuando Donald Trump sigue resistiendo, la victoria de Biden, pese a no estar oficialmente reconocida, resulta incontrovertible. El cambio de votación en cinco estados claves (Wisconsin, Pensilvania, Michigan, Georgia y Arizona, con 73 votos electorales), invirtieron los resultados de aquellos comicios. Solo el clan Trump con sus obstinadas negativas, confirma su paranoia.

             Quien observe el mapa electoral de los EEUU podrá constatar que la enorme mayoría de su litoral marítimo, la zona más avanzada de ese país, se pronunció por Biden. Como contraste el interior apoyó abrumadoramente a Trump. En este país 60 millones de personas viven en zonas rurales (alrededor de un 18%), mientras el resto lo hacen en agrupaciones urbanas. Entre las 25 ciudades mayores en población, sólo en Oklahoma, con 655.000 habitantes, venció Trump, Biden lo hizo en todas las restantes. Esto significa que el candidato Demócrata triunfó en poblaciones con personas de color, hispanos, mujeres de los suburbios, votantes jóvenes, estratos universitarios y otras mínorias, mientras su oponente lo hizo entre poblaciones de mayor edad, blancos, evangélicos, contrarios a la diversidad sexual y al feminismo, obreros industriales y agrícolas y escasa presencia de sectores con estudios terciarios. En síntesis núcleos rurales con menor exposición al mundo exterior y percepciones endogámicas.    

            Esta división ha llevado a algunos periodistas, fuera y dentro del país del Norte, a sostener que el triunfo demócrata supuso una importante victoria contra el avance del populismo, un cáncer que se extiende por casi todo el globo, sin que la democracia liberal lograra hasta ahora detenerlo.  Y del cual Trump, comandando el estado más poderoso del planeta, constituye un ejemplo relevante. La propuesta es compartible, sin perjuicio que requiera profundizarse. 

            El populismo, como bien lo ha caracterizado Federico Finchelstein (1), es una tardía transformación del fascismo, que no rehusa los procesos electorales, si bien abjura de la institucionalidad liberal que caracteriza a la actual democracia. Se presenta tanto a derecha como a izquierda del espectro político, según sus objetivos finales. Sin embargo, en todas sus versiones, más allá de sus formas, apela a las muchedumbres marginadas por los procesos de modernización capitalista (el “verdadero pueblo” en lucha contra las élites tradicionales y sus resquicios formales), a las que promete, a través de un lider carismático, integrarlas al poder. Ya sea el que imaginariamente tuvieron en un mítico pasado, como en los EEUU, ya sea en un futuro revolucionario cercano.

            El gran problema de nuestro tiempo, es que el llamado del populismo es escuchado por grandes sectores de las poblaciones mundiales, con parecidas características a los frustrados votantes de Trump. No es suficiente pensar que se trata de grupos atrasados, culturalmente conservadores, poco instruídos, a los que la civilización deja de lado y que deben ser derrotados. El desafío es que son millones y que tanto en EEUU, como en Brasil, México, Nicaragua o Turquía, son multitudes expectantes a las cuales es vital otorgar soluciones reales. Donde quiera que ello sea.

1 “Del Fascismo al populismo en la historia.” Taurus, Bs.Aires, 2017

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Publicado el

noviembre 16, 2020

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