Los peligros del antipoliticismo

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Los peligros del antipoliticismo

Escribe: Hebert Gatto

Desde el semanario Brecha un vocero de “Un solo Uruguay”, en el afán que los políticos practiquen discursos más pragmáticos, los instó  a “que se dejen de joder con las ideologías y las discusiones estúpidas y (hablen) de los problemas en serio”. Una exhortación contradictoria, nada fácil de implementar.

Siguiendo sus palabras, “hablar en serio” significa promover políticas de orientación nacionalista (particularmente en lo referido a la propiedad de la tierra y las empresas; dejar de subsidiar a las “industria forestales y de la celulosa”; impedir o limitar a los grandes plantadores extranjeros de soja (calificados como especulativos); propiciar actividades exportadoras de carácter agropecuario bajar el consumismo; reducir el costo del estado manteniendo políticas sociales básicas; abrir la economía como China y (presumiblemente) promover políticas de estabilización que ahorren en los buenos tiempos y compensen en períodos de vacas flacas. Aquí no se trata de evaluar estas propuestas u otras de fomento del agro difundidas por este grupo. Sólo dejar claro que las mismas, como toda propuesta política, tienen un obvio carácter ideológico y no son ni originales ni ajenas a aquellas que en un conjunto más sistemático, promueven varios de los partidos del país.

Lo que no puede apoyarse, más allá del legítimo derecho a expresarse de sus autores, es el aire permanente de crítica a estos mismos partidos y a sus integrantes que revelan las declaraciones de este grupo de interés. Tal el caso del orador principal en Santa Bernardina, reclamando “políticas que estén por sobre los intereses de quienes gestionan los recursos de todos” o cuando enfatizó  “que la estrategia y dirección económica del país debe primar sobre las ideologías” Manifestaciones contrarias a los partidos que se acercan peligrosamente al discurso populista. Como se sabe las ideologías son emociones, ideas y creencias que, como sistema de referencias, nos permiten operar sobre la realidad social. Consciente o inconscientemente, nuestros intereses son parte necesaria de las mismas. Nada, ni siquiera la ciencia, está libre de ellas. Menos todavía, un movimiento que procura representar la condición social, económica y existencial de un sector productivo de la sociedad. Cuando difunde sus objetivos y aspiraciones y habla “en serio”, está manejando una propuesta ideológica. Lo quiera o no lo quiera.

Lo mismo naturalmente, ocurre con los partidos políticos y sus integrantes. Salvo que éstos, por lo general, pretenden representar a la sociedad en su conjunto y por lo mismo expresar y conciliar los intereses de sus diversos sectores. En qué medida lo consiguen es un asunto que divide a izquierdas y derechas, liberales y antiliberales, pero en cualquier caso, su amplitud representativa es, hasta por definición, obviamente mayor que la de los grupos particulares. Lo que no resulta aceptable es la pretensión de que en una democracia el mundo político en su conjunto aparezca dotado de intereses  contrapuestos a los de los buenos productores y trabajadores, que en tanto tales, carecen de ellos. Razón que habilita al ingenuo oxímoron de reclamar estrategias sin ideologías. Omitiendo que sin partidos y personal político no hay democracia, y sin ideologías impera el pensamiento único. Algo que “Un solo Uruguay”, no debería obviar so pena de caer en el más rancio populismo.     

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