No a la grieta

Pablo Mieres

Estamos a un año casi exactamente de que el pueblo uruguayo elija al próximo gobierno. Todo indica que tendremos una campaña electoral muy dura, con altos niveles de incertidumbre sobre los resultados que no hará otra cosa que aumentar la tensión. Estamos al final de una época, de un ciclo caracterizado por un gobierno que completará quince años; un gobierno de un solo partido con el apoyo de una mayoría parlamentaria absoluta que se mantuvo durante todo el período.

Gane quien gane el año que viene, habrá terminado la época del gobierno de un solo partido y quien tenga el desafío de ejercer la Presidencia en 2020 tendrá que buscar acuerdos para gobernar, con el agravante de que tendremos delante un país con problemas importantes que este gobierno no sólo no ha resuelto sino que, todo indica, “pateará la pelota para adelante” hasta llegar a las elecciones sin tomar las medidas de equilibrio y ajuste que la realidad actual obliga de manera imprescindible.

El próximo gobierno será, entonces, ineludiblemente de coalición y tendrá por delante la resolución de importantes problemas pendientes. Recuperar el equilibrio de las cuentas públicas, promover la competitividad del aparato productivo, recrear puestos de trabajo, revertir la enorme inseguridad en que vivimos, transformar la educación y abrir decididamente el país al mundo. Pavada de desafíos.
Pues bien, el escenario previsto para 2020 obliga a todos los partidos y candidatos a preservar un clima político que, más allá de la intensidad y firmeza del debate, no “dinamite todos los puentes”. Es imprescindible evitar que la disputa electoral se transforme en una polémica en donde unos fundamenten su propuesta sobre la base de “si estos siguen nos vamos a convertir en Venezuela” y otros acusen que “si vuelven estos otros nos vamos a convertir en Argentina o, ahora, también Brasil”. Somos Uruguay y ninguna de las posibles comparaciones o identificaciones regionales tienen fundamento como para sostener la discusión electoral de nuestro país.

Por cierto, nosotros estamos totalmente convencidos de que hay que promover un cambio político y programático ante el agotamiento de un gobierno que no ha hecho otra cosa que dejar correr el tiempo sin ideas, dividido y cansado. Es hora de un cambio. Es más, el debate electoral de 2019 tendrá un eje central que dividirá las aguas entre continuidad y cambio.

Pero, también habrá un segundo debate, tan importante como el anterior, que se entablará sobre qué tipo de alternativa de cambio es la mejor para los próximos tiempos. Y en ese debate, nosotros buscaremos convencer a los ciudadanos de que somos la mejor alternativa de cambio para el Uruguay de 2020.

Nosotros queremos que el debate electoral se centre en las alternativas de solución para los graves problemas que el país debe resolver y sobre cuáles son las propuestas de cada opción que se someterá al juicio ciudadano; sin caer en pretensiones fundacionales.
El país no nació en 2005 y no se refundará, gane quien gane, en 2020. Por el contrario, uno de los grandes asuntos es reconocer que hay cosas y políticas que hay que continuar, otras que hay que rechazar y sustituir y muchas otras nuevas que habrá que impulsar.
En lo que seremos implacables es en la necesidad de combatir la opacidad, la corrupción, el secretismo, los acomodos y el clientelismo. Denunciar la corrupción y ser implacables con quienes actuaron de manera ilícita en la gestión de sus cargos públicos. También seremos firmes en impulsar un paquete de normas para asegurar la transparencia en la gestión pública es un imperativo irrenunciable del que depende que la ciudadanía recupere su confianza y proximidad con la política. No alcanza con ponerse de acuerdo en los proyectos de transformación del país, no alcanza con compartir ideas sobre los cambios necesarios. También será imprescindible tomar decisiones que aumenten el control sobre la gestión política y gubernamental; hay que recrear la confianza de que los gobernantes actúan con ética en la gestión y hay que estar prontos para rechazar y dejar fuera a los que no actúen de acuerdo a los criterios de transparencia.
Pero, además, tenemos que contribuir a evitar la grieta en el sistema político. La reflexión vale porque existe un clima creciente de intolerancia y rechazo en algunos sectores de la ciudadanía que podríamos calificar como “hinchas” de la polarización, con altos niveles de irracionalidad y confrontación.

Justamente, algunas reacciones que hemos registrado en las redes sociales a partir de los resultados de las elecciones en Brasil, de uno y otro lado, muestran la peor cara de nuestra disputa política. De un lado defender la corrupción con tal de mantener el poder, justificando todo y del otro lado, aplaudir al que sea, aunque sea antidemocrático y haga la apología de una dictadura, con tal de derrotar a los otros.
El gran desafío es que la disputa electoral de 2019 no sea apropiada por los “barrabravas” de uno y otro lado que, por cierto, existen y estarán presentes en la campaña electoral; pero que deben ser minoritarios y secundarios en la lucha política.
Estos reflejos polarizantes son los que en la vecina orilla se han calificado como “la grieta” que divide irreconciliablemente al país en términos de descalificación total y definitiva.
Nuestro país ha sido históricamente muy diferente, parte de nuestro patrimonio es la fortaleza de un sistema de partidos fuerte y de una cultura democrática pluralista y tolerante.

Al comienzo de un año crucial en el que los uruguayos tomarán una decisión probablemente muy relevante para los próximos tiempos, en un momento que se caracteriza por un punto de inflexión de la vida de nuestra sociedad, más que nunca debemos apostar a preservar la lógica de un debate que, sin mengua de la profundidad y firmeza, deje en pie los fundamentos de nuestra convivencia en sociedad para que se pueda construir un futuro manteniendo el diálogo y el debate civilizados, sin descalificaciones ni agravios.

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