Oportunidades y frenos culturales

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Por Hebert Gatto

Sin olvidar sus muchos problemas, el Uruguay vive tiempos de esperanza con fundadas expectativas de ampliar sus perspectivas. Quince años de lo mismo, de valores asumidos sin reflexión, de un discurso inflado, sin conexión con la práctica es demasiado para un pueblo. Por ello el momento, aun asumiendo sus desafíos, supone recobrar confianza en nuestra capacidad para evitar conformismos y evadir rutinas. Un fenómeno que con inigualable pericia retrataba Milan Kundera en sus satíricas novelas sobre el último período del régimen checoeslovaco cuando la burocracia segaba toda inspiración pero ya se avizoraban rasgos de una nueva sociedad.  

Al expresar esta esperanza no ignoro que parte de los orientales vive estos días con temor y desasosiego a los que describen como un verdadero retroceso civilizatorio. Tan funesto en sus resultados que desde ya justifica la resistencia contra lo que, sin superar el estereotipo, califican como egoísmo de derecha. Un preconcepto que en aras de la defensa de los dogmas se impone a toda innovación. Este real pesar, en general sincero, es el que se levanta como una gran barrera para el gran cambio cultural que el país requiere aclarando, para evitar deslices, que no estamos comparando el posfrentismo con las ilusiones del poscomunismo, un período que en el este de Europa supuso reconstruir instituciones. Aquí, mientras el Frente fue gobierno se atuvo a las reglas del régimen democrático. Lo malo no son los frentistas, el problema es que un porcentaje importante de ellos cree que sus opiniones constituyen verdades definitivas.

Por más que mi preocupación no pasa únicamente por esta airada reacción ante los resultados electorales, me refiero a un fenómeno mucho más sutil y difícil: la instalación de un modelo cultural que sin norma que lo señale, supone un tipo inhibido de conducta social. Una conducta sujeta a una internalizada disciplina que sanciona la aparición de cualquier crítica, o propuesta de cambio, como si lo ya alcanzado no admitiera rectificaciones. Se trata, sin duda, de un modelo conservador heredero de las modalidades religiosas que genera una identificación supra política de vastos sectores con el horizonte de expectativas que por años el Frente y sus intelectuales introdujeron en la cultura uruguaya. La creación, en síntesis, de un sentido común nacional. Su lejano inspirador es Antonio Gramsci, un político y teórico marxista italiano, nacido en 1891 y fallecido en 1937.

Simplificando mucho, para Gramsci, en las sociedades capitalistas avanzadas el dominio de una clase sobre otra sólo puede conseguirse si al poder económico y político del estrato social dominante se agrega su predominancia cultural, ejercida sobre la sociedad civil. Esta hegemonía que define “como una concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica y en todas las manifestaciones de vida, tanto individuales como colectivas” abarca tanto las relaciones de poder, como la totalidad, incluyendo valores y sentimientos, de las representaciones del “mundo de la vida”. Por su lado, la contra hegemonía supone la inversión de este predominio de poder, ejercido esta vez por las clases dominadas, que rebelándose ejercen, a través de los “intelectuales orgánicos” a su servicio, una nueva e inversa predominancia cultural. Cuando esta es total y comprende el poder económico, finiquita –así se sostiene- la sociedad de clases.

Como es obvio, el Frente Amplio nunca consiguió el poder absoluto, en tanto no logró –y probablemente ya no se lo proponga realmente-  modificar la economía capitalista, pero sí obtuvo, desde bastante antes de su período de gobierno, una paulatina predominancia cultural en importantes sectores de la sociedad civil.  Esta contra hegemonía, que trasciende la natural influencia de la política como poder, resulta muy profunda en el campo intelectual, en el arte y en las manifestaciones culturales como el teatro y el canto popular y en prácticas como la enseñanza.   

Por más que esta predominancia, basada en el consenso, no obedece, como en el pasado, a una ideología coherente. Buscando compensar su debacle ideológica, la izquierda adoptó varias de las reivindicaciones del liberalismo cultural. Tal el caso de la “agenda de derechos”, que hizo suya contrariando sus tradiciones fincadas en el determinismo económico clasista, deslizándose del igualitarismo a la abusiva reivindicación de la diversidad. El resultado de esta estrategia está hoy a la vista.

El carnaval, devino a su influjo, en un repertorio de sus proyectos y en una devastadora crítica a la oposición, mientras lo mismo ocurrió con otras manifestaciones artísticas, especialmente las más populares o en la programación a su favor de las emisoras de radio y televisión estatales. Al tiempo que prohijó similares actitudes en sectores como los gremios educativos monolíticos ante todo cambio en el gobierno de la educación. O en la enloquecida pretensión feminista de transgredir a nuestro Poder Judicial y a los tratados internacionales del país para defender a las “madres uruguayas”. O en la, por momentos destemplada reivindicación de los derechos sexuales y de género, donde hasta se pretendió modificar el idioma creando una “neohabla”, que evite desinencias masculinas. Siempre con apoyo oficial.

Buen ejemplo de esto ocurrió días pasados en una local nocturno donde la grabación de unas pocas palabras, por más que ofensivas, sobre la identidad sexual de personas trans, llevaron a una concentración de repudio a sus puertas y al despido inmediato del trabajador que osó proferirlas. Como si la moderación y la razonabilidad en las sanciones, no integraran también la mejor tradición nacional y desconocerlas no supusiera mordazas a la libre expresión del pensamiento cuando no propiciar autocensuras. Revelan un clima cultural cerrado, donde valores o creencias se imponen a golpes de puño, olvidando que Gramsci, un leninista convencido, siempre estuvo lejos de la democracia cuya esencia es la tolerancia, el pluralismo y la libre discusión mediante el diálogo y el consenso. El luto ajeno es comprensible, no lo es, pretender imponerlo a quienes se sienten ajenos al mismo. La desesperanza de los frentistas, no es la del país.

Habilidades

Publicado el

marzo 2, 2020

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