Por Hebert Gatto

La cuarentena que soportamos se asemeja bastante a algunos films intimistas carente de exteriores centrados en la vida privada, en la capacidad para convivir en condiciones de encierro y angustia. A películas sobre las angustias de la soledad o de relaciones humanas acotadas, aisladas del mundo habitual que hombres y mujeres compartimos normalmente. El maestro Ingmar Bergman, aún siendo un dotado documentalista, fue maestro de este cine capaz de eludir el entorno externo y analizar vivencias en condiciones atípicas. Seguramente por ello, condenados como estamos a confinarnos en un ámbito claustrofóbico, celebramos el “Séptimo Sello”, un film excepcional sobre una humanidad acosada por la peste negra, la incertidumbre y la eventualidad de la muerte. No obstante, aún en sus mejores versiones, este clausurado contorno existencial, no elude faltantes y opresiones. Sus carencias se suman y no siempre es sencillo superarlas. Para algunos afortunados, el equilibrio y la cultura, constituyen una salida; para otros, como gran parte de los africanos o vastas zonas de nuestra América, cercadas por la pobreza y la enfermedad, el futuro resulta mucho más incierto.

J.J. Rousseau, a pesar que entregó uno a uno a sus hijos a diferentes hospicios, pensaba que los hombres en estado natural eran buenos e inocentes, la propiedad los pervertía, mientras T. Hobbes clamaba que el hombre es el lobo del hombre. Y E. Levinas los describía como capaces de “solidaridad radical”.  Quizás no sea ni lo uno ni lo otro sino, como planteaba Marx y parte de los reformadores sociales son las propias instituciones las que lo modelan, señalándole el camino. El enigma sigue planteado, quizás porque ninguna de las diferentes experiencias sociales, pudo nunca predecir cuales son las tales instituciones benefactoras. Sí sabemos que el hombre privado de libertad, aún si sus limitaciones son parciales como en este caso, puede descender a la animalidad instintiva. Aún cuando también sea cierto, que las crisis, los grandes ciclos de anomia social como guerras, epidemias o ciertas tragedias naturales, puedan propiciar increíbles altruismos. Un fenómeno de dos caras mucho más notorio e importante cuando se manifiesta en la clase política, particularmente entre los conductores de masas, a cuyo influjo se mueven millones de hombres y naciones enteras. Seres que aún cuando no nos guste, producen la historia de la humanidad, de la buena y de la mala.

Valgan estas consideraciones para calificar la actitud de Donald Trump, el presidente de la mayor potencia de la tierra, capaz de someter al resto del mundo a sus dictados. En medio de una pandemia sin límites temporales ni geográficos, cuando la salud de la humanidad en su conjunto está puesta en cuestión, anuncia, sin que ello despierte mayores críticas, que retira toda ayuda al único organismo plurinacional capaz de coordinar mínimamente, la lucha contra la misma. Nos referimos a la Organización Mundial de la Salud sin por ello disimular críticas por cierta lentitud en su estrategia. El desplante presidencial fue tan inoportuno que bien puede calificarse como un atentado contra la humanidad en su conjunto. La esperanza radica en que tamañas atrocidades sirvan para despertar a un país, que en otras ocasiones supo rescatar la valentía y la dignidad.  

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Publicado el

mayo 3, 2020

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