Política partidaria y violencia urbana

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Política partidaria y violencia urbana

Escribe: Hebert Gatto

La violencia urbana, como anomalía en el funcionamiento de la convivencia social en las ciudades modernas, ha sido suficientemente analizada como un fenómeno relativamente novedoso, con excepciones, recién aparecido a fines del siglo XIX, pese a grandes variaciones en su casuística concreta. Casi unanimente se han señalado como factores casales, enumerándolos sin ningún orden específico, los siguientes: pobreza, marginalidad, empobrecimiento más o menos súbito, marginalidad, corrupción institucional, esperanzas frustradas, falta de cohesión social, mala gestión urbanística, bandas juveniles, consumo de drogas, carencia de políticas etarias, desigualdad de oportunidades, alteraciones más o menos pronunciadas en las costumbres sociales, inmigraciones campo ciudad, defectuosos procesos de modernización, colonialismo e imperialismo, etc. Sin que este interminable listado, directamente relacionado con la llamada “cultura de masas” y los cambios demográficos que esta supuso, pretenda exhaustividad, es evidente que la pobreza (aún la relativa) y la marginalidad consecuente, constituyen los fundamentos del fenómeno, aunque en cada caso adquiera características especiales.

Lo comprueba que en países con alto nivel promedial de ingresos y buena distribución de los mismos, la exclusión social y la violencia urbana tenga escasa presencia o se reduzca, como es el caso de los EEUU, a bolsones de marginación, generalmente de naturaleza étnica. Advertir estos lugares comunes, y remarcar cuan difícil es superar este fenómeno, resulta casi obvio particularmente en condiciones de subdesarrollo. Como lo es recordar que tampoco se logró dominarlo, mediante los grandes imperios totalitarios del siglo pasado, también incapaces de solucionar la disfuncionalidad social.

No es por tanto casualidad, que en momentos como los actuales en que la sociedad competitiva de mercado resulta aparentemente irrebasable, que en el Uruguay, se interpele por enésima vez al Ministro del Interior, considerándolo políticamente responsable del desmesurado aumento de la violencia, tanto la social como la doméstica, o a lo menos, incapaz de disminuirla o controlarla. Lo cual, con el clásico automatismo conceptual que nos caracteriza, bien suele atribuirse a las peculiaridades del desigual avance del capitalismo en América Latina. Pero ello constituye un error. Lo que resulta peculiar y altamente peligroso es que esto suceda en Uruguay cuando la pobreza disminuye desde hace una década y la desocupación, pese a sus fluctuaciones, se mantiene relativamente estable por debajo de registros históricos.

Seguramente en este hecho, nada fácil de entender, radique el gran fracaso de los últimos trece años del gobierno del Frente Amplio. Que pese a la coyuntura de crecimiento no ha sido capaz de conseguir la paz social, permitiendo que la violencia, reiteramos que en todas sus manifestaciones, incluyendo algunas tan banales como la deportiva, se enseñorée del país. Por supuesto que muy poco de esta contradicción que nos desintegra y donde radica el centro de nuestro problema como colectividad, fue argumentado en la interpelación. Es evidente que el Ministro deba irse. Ha fracaso demasiado tiempo. No obstante cuando se vaya seguiremos sin saber que nos pasa.

Habilidades

Publicado el

abril 23, 2018

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