PRAGA 1968

            El 20 de julio, hace cincuenta y un años, las fuerzas del pacto de Varsovia encabezadas por la Unión Soviética con más de quinientos mil hombres, tanques y artillería pesada, invadieron la hoy disuelta República de Checoeslovaquia. La irrupción que terminaba con los últimos atisbos de independencia del pequeño país centroeuropeo, culminaba ocho meses de tensiones, durante los cuales bajo el mando del socialista moderado Alexander Dubcek, los checoeslovacos habían procurado obtener cierto grado de independencia que, sin quebrar la ideología dominante, les permitiera un desarrollo relativamente autónomo. Un objetivo modesto, pero aún así vedado dentro del bloque del Este, de total y absoluta hegemonía soviética.

            Pasado medio siglo la historia mostró que aquel levantamiento que en 1968 conmovió a la esfinge roja, aparentemente tan sólida que parecía indestructible, ya presentaba fisuras. A partir de la muerte de Stalin, quince años antes, el régimen no había dejado de ser una dictadura que esclavizaba militarmente media Europa, pero la crueldad sin límites del georgiano pareció aminorarse, diluirse gradualmente entre los grises burócratas de la Nomenklatura. Las nieves eternas del Gulag siberiano sustituían las ejecuciones en las lóbregas mazmorras de la KVD, y el valiente levantamiento húngaro de 1956, un recuerdo que no se repetiría. Brezhnev podía lucir como otro senil burócrata convencido de las virtudes del marxismo leninismo, pero no un asesino en serie como el Zar comunista. Sin embargo, la invasión a Checoslovaquia reiteró que poco había cambiado. Ni la dictadura del proletariado se flexibilizaba, ni el socialismo podía, siquiera, alimentar decentemente a la humanidad, ni el mundo tras la cortina de hierro dejaba de ser un asfixiante imperialismo asentado sobre bases económicas e ideológicas impuestas por la URSS. Por más que el 68, aquel año guía, el de los cruentos asesinatos de Robert Kennedy y Martín Luther King, también diera lugar a gigantescas protestas en París, Berkeley o Ciudad México, anhelando, desde el capitalismo, un mundo mejor.

             En el Uruguay, tal como era de esperarse, el Partido Comunista cerró filas con la URSS y saludó la intervención como una defensa imprescindible de la legalidad socialista. Mantuvo así su inquebrantable fidelidad al bloque comunista mundial al que de jure pertenecía y al que Rodney Arismendi representaba en nuestro país. No fue la misma la actitud de los socialistas. Impulsados intelectualmente, entre 1964 y 1977 por el agente checoslovaco Vivián Trías, epítome del “socialismo nacional”. Terminaron, con salvedades, por condenar la intervención, pero no ya como un crimen contra la independencia de los estados y la paz internacional, sino como una desviación de los principios del marxismo-leninismo. Para evitarlo, decían desde “Izquierda”, la publicación dirigida por Trías, la solución era la adopción “por todos los países socialistas, (de) un derrotero auténticamente marxista-leninista, basado en el centralismo-democrático, en la organización económica de estímulos colectivistas, en la formación del hombre desalienado y superior”. Con estas premisas, tan particularmente artiguistas, los dos principales partidos de nuestra izquierda se abocaban a la creación del Frente Amplio. Una formación, decían, auténticamente nacional.   

                                                                                    escribe: Hebert Gatto

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Publicado el

julio 21, 2019

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