Sobre ascensoristas y guardas

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Sobre ascensoristas y guardas

Sobre ascensoristas y guardas: la cuestión es cuáles son los empleos que van a aparecer.

Cunde la preocupación por los empleos que desaparecen y van a desaparecer con el cambio tecnológico. Las frustraciones y la incertidumbre tienden a producir ansiedades, pero debemos evitar que las ansiedades guíen la agenda. Nuestra prioridad deberían ser los empleos que van a aparecer. La solución no está en repartir escasez, sino en generar una prosperidad incluyente.
El cambio tecnológico conlleva reconversiones ocupacionales, que suponen desafíos duros para quienes las experimentan.

En varios artículos se ha mencionado, por ejemplo la desaparición de los ascensoristas en Nueva York (una ciudad de grandes torres donde la ocupación ya no existe, como en el resto del mundo) y podríamos multiplicar los ejemplos. Las botoneras programadas prestan mucho mejor servicio y evitan que una persona deba estar varias horas diarias en una caja de tres por tres, apretujado con varias otras personas que van rotando cada pocos minutos: no era tampoco un buen trabajo, claro, alguien me dirá, mucho mejor que ningún trabajo. La cuestión es que hacemos frente a la desaparición de una ocupación.

Yendo a un ejemplo montevideano y cotidiano: que se mantengan los guardas que están a pocos años de jubilarse puede ser muy razonable, pero encontrarse jóvenes, que están empezando su vida laboral como guardas, parece un error. Una equivocación de las compañías de ómnibus y también de la política municipal, en el que incurren sus responsables, pero que pagamos todos los que sufrimos el transporte colectivo día a día.

¿Esos jóvenes, que están empezando su vida laboral en el siglo XXI como guardas, no tenían mejor alternativa? Todo indica que sí, pero que no supimos proponérsela o antes construirla. Por eso el desafío es pensar como generamos más de los puestos que los estudios dicen que van a sobrevivir. Una investigación reciente identifica los puestos con más riesgos frente a la digitalización de la economía y también aquellos con potencialidad para mantenerse. Entre estos últimos señala a los cirujanos, los maestros, los ingenieros los abogados y los matemáticos.

Especialmente aparecen demandas respecto a las capacidades en ciencia, tecnología ingeniería y matemática (STEM por sus siglas en inglés, que son cada vez más recurrentes en la literatura sobre el tema). Y aquí debe destacarse un desafío de género. Las mujeres en el mundo y en Uruguay muestran mejores escolaridades que sus coetáneos varones, pero a la vez tienen una presencia muy menor en las ocupaciones STEM, que resulta difícil de explicar por otras razones que no sean discriminaciones y también autoexclusiones, todavía arraigadas en las culturas laborales de nuestras sociedades.

Estos y otros estudios nos muestran un mapa de hacia dónde ir. ¿Cómo estamos? Como en tantos indicadores estamos bien, pero venimos mal. Estamos bien porque los estudios nos muestran, regionalmente, entre los países con mejores condiciones para avanzar en la digitalización de nuestra vida económica. Venimos mal porque nuestra base educativa deja afuera de los códigos y las herramientas mínimas a una parte importante de la población y porque no se actualiza o lo hace a paso de tortuga, en un mundo de liebres. El mapa de la digitalización económica nos supone por lo menos dos grandes desafíos. Primero conocerlo, estudiarlo mejor y analizar oportunidades y alternativas.

Desde afuera del mapa parecemos víctimas del cambio tecnológico, desde adentro empiezan a dibujarse caminos y destinos. El segundo desafío es juntarnos para buscar soluciones, desde los distintos ámbitos en que contamos con acumulaciones para hacerlo; entre ellos quiero destacar a dos grupos de actores que se encuentran poco: los centros educativos y las empresas, incluidos especialmente sus trabajadores. Estos son dos grupos de actores que incrementan sus posibilidades en tanto vayan estudiando juntos el mapa.

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