escribe: HEBERT GATTO

            El próximo 3 de noviembre asistiremos a un acontecimiento que si bien tiene carácter nacional nos concierne a todos: las elecciones en los Estados Unidos de América, la nominación del presidente del país con mayor poder en el mundo político, económico, científico o militar. Un nuevo diseño de las relaciones entre estados que la humanidad no había conocido hasta fines de la segunda guerra mundial. El suceso convoca a alrededor de doscientos veinte millones de ciudadanos aptos para elegir al jefe del ejecutivo de la mayor democracia del planeta. Aún cuando alrededor de un 45% de ellos nunca participa, ajenos a lo público.

El indigerible Donald Trump un personaje de insólita soberbia, forjado en la estela de los clásicos barones estadounidenses al estilo de Randolph Hears , compite con Joe Biden, el atildado desafiante demócrata, un liberal moderado de raigambre clásica. Dos personalidades de características tan disímiles que no pueden dejar de chocar sin sacudir al planeta. Sin embargo no se trata de una competencia entre  concepciones ideológicas opuestas, por lo menos en su acepción clásica: diferentes visiones de hondo contenido ético, respecto al hombre y la sociedad.

Aquí no se debaten modelos socioeconómicos, como en gran parte del siglo XX durante la guerra fría, por más que en Estados Unidos el tema ideológico, se mantuviera en segundo plano en lo interno y dominante en su política exterior. Tampoco se confrontan diferentes sistemas políticos. Democracia o Totalitarismo, pluralismo o partido único. En cierto modo tales conflictos, que definieron el siglo XX, quedaron atrás, aunque resten coros nostálgicos. Ahora las diferencias transcurren en otro plano, lo que da la pauta de cuánto nos alejamos del siglo XX. Aún cuando los desencuentros no sean ni siquiera medianamente novedosas. Más bien implican retomar sendas ya recorridas.    

Es cierto que Donald Trump, insiste en el socialismo de su rival. Un mero gambito de fullero. El debate real, el que subyace, es el basado en el  sempiterno nacionalismo y como lo conciben cada uno de los contendientes. Los Republicanos, absorbidos por su Presidente, apegados al “America First”, jugados al aislamiento de los príncipes, a la fuerza de sus ejércitos, a las ventajas de su ciencia y su técnica, al poder de su economía y al desprecio universal, nada quieren ceder a terceros. Por ninguna vía, ni  por la defensa militar conjunta, la lucha por el medio ambiente o los tratados de cooperación. Libres de inmigrantes Trump les promete volver al pasado, a la conquista del oeste. Sólos, aislados y dominantes, señores en su amurallada fortaleza anglosajona, conservan a Texas como santuario. 

Los demócratas, aunque lo disimulen son igualmente nacionalistas convencidos de su superioridad, sólo que no son igualmente reaccionarios, viven en el siglo XXI, y no en el XIX, no son populistas y admiten que existen otros seres humanos. Negros, sudamericanos y asiáticos.  No abjuran de su gestualidad de gran potencia ni comulgan con un internacionalismo solidario , pero intentan no humillar y no ignoran que  utilizando buenos modales se camina mejor. Aunque no lo parezca la diferencia entre ambos no es pequeña, va del desdén a la magnanimidad.    

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Publicado el

septiembre 11, 2020

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