Uruguay y el populismo

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Uruguay y el populismo

La teoría de las descripciones es una de las grandes contribuciones de Bertrand Russell a la filosofía del lenguaje, un intento de mostrar como el habla objetiva el mundo incluyendo a sus actores. El pensador ejemplifica el problema mediante una afirmación hipotética, “El actual rey de Francia es calvo”. ¿Esta expresión es verdadera? ¿Lo es su contraria? ¿Tiene sentido? O debemos suponer un dominio de entidades inexistentes pero pasibles de  atributos. Gottleb Frege, sugirió que la frase de Russell no tiene referencia (no existe el rey del caso) aún cuando pueda tener sentido. Mientras David Hume consideró que este tipo de enunciados no son lógicamente contradictorios por referirse al ámbito de  cuestiones de hecho. Ahora, bajando de nivel nos preguntamos, ¿Juan Sartori, tiene existencia objetiva, vive en nuestro mundo cotidiano? ¿En el suyo y el mío?  ¿Si, tal como parece fuera mera ficción, un artefacto virtual, ¿cómo entender que un 20% de los votantes del Partido Nacional, orientales sensatos, lo secunden con su voto buscando consagrarlo como el próximo presidente. El interrogante podría extenderse a sus rivales, Eduardo Novick y Guido Manini Ríos, espectros de la misma generación.

En el  Uruguay la política siempre mantuvo una marcada ritualización, un claro apego a las tradiciones. Más tarde, por fortuna, también a las instituciones. Hasta la primera mitad del siglo veinte, sin los partidos políticos tradicionales, los más viejos del continente junto a sus similares colombianos, el éxito personal resultaba inalcanzable. Tanto que la nación fue su cosecha, no del Estado.  Razón por la cual, la inexistencia de “outsiders”, figuras políticas capaces por fuera de blancos y colorados de despertar entusiasmo, fue virtualmente imposible. Recién con Benito Nardone, un gremialista rural con matices fascistas, el corsé amenazó romperse. Si bien el incipiente populismo concluyó en una tranquilizadora coalición. Pasada la mitad del siglo, comenzó, lentamente, con tiempos uruguayos, el fin del modelo batllista, el ascenso de la izquierda y la intemperancia guerrillera. Como era previsible el ciclo terminó en el aquelarre fascista. Paradójicamente la vuelta de la democracia, coincidió con la implosión universal del comunismo. La debacle marxista marxista. Entre sus escombros la triunfante izquierda uruguaya perdió sus referencias: repudia al capitalismo pero carece de modelos de recambio, aquí y en el mundo.

Ocurrió sin embargo que la caída del fascismo y del socialismo después, no implicaron, como hubiera sido esperable, el fortalecimiento de la democracia liberal. Sin enemigos a los que combatir la generalización del mercado capitalista implicó un modelo depredador que no encanta a los pueblos. La pobreza mundial disminuye, pero correlativamente, aumenta el malestar y la desazón. Sin paradigmas la derecha tradicional y la izquierda radical, se aferran al populismo, un remedo de la democracia a la que sólo se parece por su adhesión a periódicas elecciones, no así a sus instituciones, su tolerancia o sus tiempos. En un curioso proceso de mímesis el mundo se llenó de populismos, incluyendo Rusia y los Estados Unidos. Uruguay no escapó los cambios ya están a la vista. Juan Sartori, Edgardo Novick y Guido Manini Ríos, son sus avanzadas. Descarnados fantasmas de exitismos, redes, desilusiones y fallidas esperanzas. Ni ellos mismos lo saben. 

Escribe: Hebert Gatto

Habilidades

Publicado el

abril 29, 2019

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