Columnas de Hebert Gatto

escribe: HEBERT GATTO

            Quienes, arriesgando ser considerados egoístas irresponsables han optado por no vacunarse deben justificar su decisión. Es cierto que en las democracias, inocularse contra el Covid, reviste carácter voluntario. Sin embargo, el problema es complejo y merece una consideración cuidadosa, partiendo siempre del axioma que se trata de un dilema moral que, en principio, no debe resolverse en el plano jurídico. 

            Existen por lo menos dos clases de impugnadores de la vacuna. Como decia Emannuel Kant un grupo sólo argumentan que cada uno debe decidir libremente si acepta o no inocularse. Sus negadores no militan contra la vacunación, pero argumentan que es del resorte de cada individuo, de acuerdo a su propia convicción, resolver como actuar. Lo contrario, aducen, sería transformarla en un procedimiento obligatorio. Ello implicaría una presión inadmisible en un estado democrático donde la libertad individual es base del estado de derecho.  

            El problema es que esta posición presenta por lo menos tres objeciones. La primera se relaciona con los límites de las éticas de la  conviccción. Un problema largamente considerado sin solución a la vista.  Si es de resorte de cada ciudadano individualmente considerado, aceptar o rehusar la vacunación durante una pandemia, bien podría suceder que ninguna campaña en este sentido pudiera realizarse con éxito. Alcanzaría  que los impugnadores constituyeran una porción significativa de la población. Las consecuencias de esto bien podrían tener desastrosos efectos globales.

            La segunda, que en cierto modo rescata a Kant, tiene que ver con la firmeza con que cada individuo es capaz de edificar sus convicciones. Si se trata de meras creencias sin sustento alguno, como aquí parece ocurrir, podría argumentarse que no se trata de una convicción arraigada, y que por tanto podría ser considerada desechable. Pero el tema no por ello deja de ser ambiguo. Basta pensar lo que esta discriminación supondría trasladada al plano político.  El tercer problema de la convicción como argumento negacionista, es que, para el caso, deja de lado el tema del contagio. Quién no se vacuna no sólo se expone a enfermarse, amenaza a toda la sociedad, aún la ya inoculada. Creo que desde punto de vista moral esta particularidad resuelve el problema: vacunarse es una obligación colectiva no individual.

Existe asimismo otra forma de negacionismo, no estrictamente ético: aquella que argumenta. La vacunación es un daño, un desconocimiento de la integridad natural de hombres y mujeres, una práctica que atenta contra la salud colectiva. A ello se agrega el interés de los laboratorios, el extravío de una ciencia que ha perdido sus objetivos humanistas, la eterna conspiración de los privilegiados, las conjuras de arcaicas entidades. Las ocultas maniobras de un despiadado neoliberalismo que subordina la salud a la utilidad.    La lista podría continuar. En síntesis, quienes rehusan protejerse, recelan del conocimiento y su acumulación. No llegaron al siglo XXI. Confunden la ciencia con su aplicación y el progreso con su aversión a lo nuevo. Razonan contra cualquier evidencia. Prefieren el Neanderthal a Louis Pasteur.  Cuesta expresarlo, porque atañe a la libertad, pero son  ignorantes totales. Desconocen al prójimo, se saltean la historia, cultivan la alquimia.

Habilidades

Publicado el

21/05/2021

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