Yo tengo una ergométrica

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Yo tengo una ergométrica

Me la regaló mi familia, en un cumpleaños. Más o menos cuatro años atrás, pero no pudieron pagar 3 mil dólares, si aca- so fueron 3 mil pesos, pero todavía es la que uso para trabajar. Me echo para atrás cuando no doy con la frase, o para cambiar de postura por un momento. Por medio de una palanca puedo colo- carla a la altura conveniente para que la nuca también encuentre algún pun- to de apoyo, y no como la anterior, he- cha en Uruguay, que la nuca quedaba colgando en el aire. A la pobre se le ha- bía gastado la tela de los apoyabrazos, que arreglaba con cinta pato, y eso, a mi familia, le habrá dado la idea de que necesitaba una silla nueva. Lo que a mí me alarma no es tanto la silla como la pantalla en blanco, empezar a escribir algo sin tener demasiada información, o un plan concreto. Tengo otras obse- siones, como las lapiceras, por ejem- plo. Quienes trabajan en el Centro de Operaciones de Ancap, con una bic pueden hacer algunas anotaciones de su trabajo frente al monitor de la com- putadora. ¿Para qué una Faber Castell, o una Boss?

Yo no tengo que compartir mi silla de trabajo con otros dos operarios que juntos debamos cubrir 24 horas de trabajo. Si la que me regalaron costó, aproximadamente, 100 dólares, y, aun- que sea china, ¡es ergométrica! podré comprar 30 sillas por lo que costó una de las que compró Ancap. Si a mi silla la someto a tres turnos por día, como menos durará un año, o sea que las 30 ergométricas como la mía, que es el precio que el ente estatal pagó por cada una de las 12, rendirán 30 años de trabajo en Ancap, y mientras tanto la competencia bajará los precios, los materiales van a mejorar, y bajarán los precios.

La presidenta de Ancap justifica la compra en que “esta inversión surge a raíz del relevamiento de las necesi- dades encontradas de garantizar las condiciones de trabajo de las perso- nas que se desempeñan en la sala de operaciones, en línea con estándares internacionales de salud ocupacional”. Eso quisiera yo también. Tal vez García Márquez, en el último tercio de su vida se dio el lujo, pero seguramente Onetti escribió El Pozo en una silla de cocina. Era tan pobre que tenía que alternar su literatura con la venta de entradas en el estadio.

El sinsentido de la decisión de Ancap lo demuestra una búsqueda en internet. Las de buena calidad tienen un precio

10 veces menor que las compradas por el ente público. ¿Cuáles son los están- dares internacionales? ¿En qué se mide ese estándar? ¿Comparándose con Ras Tanura, de Arabia Saudita; Baytown, de ExxonMobil, o Yeosu Refinery, de Caltex, Corea del Sur? Es un debate que dejaría mal parada a la empresa estatal uruguaya, que no tiene compe- tencia en el país, como sí los tienen las refinerías mencionadas. Y aún así, ex- ceptuando PDVSA, no debe haber una empresa monopólica, en el mundo, tan deficitaria como la nuestra.

En las tinieblas de un país que tiene se- rias dificultades para aclarar las cues- tiones públicas, ya nadie recuerda los 800 millones de Ancap. Los sueldos de empresas deficitarias como Alur tam- bién comienzan a formar parte del ol- vido en torno a las cuentas públicas. Este tema de las sillas, en caso de es- tar frente a una empresa rentable, en un país pujante, tal vez no se hubiera planteado. Lo que duele es la explica- ción. Pudo tratarse de un dolo, o de una decisión inconsulta, que se hubie- ra subsanado con un pedido de infor- mes, interno, y que hubiese generado algún tirón de orejas en nombre de los contribuyentes, pero no, se intentó jus- tificar semejante gasto con el argumen- to de los estándares internacionales. En la primera situación, la dirección de Ancap debió dar la noticia de que se había corregido el error. En cambio, se eligió el camino de la justificación, que sonó a complicidad, a encubrimiento o, peor todavía, a que en las empresas del Estado se convive con la tolerancia infinita. Unos hacen fotocopias para sus hijos, otros hacen los mandados en el coche de la empresa y, otros, aparen- temente 36, utilizan sillas de un costo aproximado a los 3 mil dólares la pieza. ¿Alguien en el Estado está obligado a exigir sanciones en caso de incumpli- miento de las condiciones pactadas? El senador Mieres llamó a la ministra de Industrias, Carolina Cosse, por el pre- cio que el Estado terminó pagando por el Antel Arena, que de los 40 millones de dólares presupuestados pasó a más de 90. Se acabó pagando más del doble por una obra que desde el principio es- tuvo cuestionada.

Se oye muchas veces que cuando los blancos y colorados gobernaban ha- cían lo que querían, y ahora, que go- bierna el Frente, por cualquier cosa protestan. Bueno, tal vez para que no se sigan alargando los presupuestos, y no hubiera impunidad frente a cual- quier presunción de dolo es que la ciudadanía le dio al Frente Amplio la responsabilidad de gobernar. ¿No hay controles internos en la fuerza políti- ca de gobierno que le impida caer en excesos, y, de paso, proteger la bue- na imagen ante futuras competencias electorales? ¿O lo que predo-

mina es, además de refundar el país, llenar el vacío ideo- lógico que dejó el socialis- mo real con esta actitud de menosprecio al ciudadano y a las formas repu- blicanas de con- trol público?

Esto no se traga fácil. La ministra Cosse justificó la duplicación del precio del Antel Arena en que esto está en línea con el futuro. Palabras má- gicas. ¿Qué mal na- cido puede criticar gastos que, como so- ciedad, nos conectan
con el futuro? El mismo argumento, con palabras similares, lo dio Julio María Sanguinetti, ante las críticas que la iz- quierda, entonces, le dirigiera la Torre de las Comunicaciones. Primero por considerarla innecesaria, luego por el aumento del costo, que no parecía es- tar en consonancia con la proverbial sobriedad republicana de los urugua- yos, y más en momentos de dificulta- des. Igual que 20 años más tarde aca- bó sucediendo con el Antel Arena. La misma empresa pública, que podría haber pensado un poco más en el pre- sente que en el futuro para ajustarse a la realidad de esta ciudadanía que aca- ba sintiéndose sola, despidiendo a sus hijos, que continúan el triste ritual de la emigración

Luís Nieto

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