Álvaro Ramos. Portada Columna Opinión
Escribe: Álvaro Ramos. Electo Senador de la República por el Partido Nacional (1995-2000). Ministro de Ganadería Agricultura y Pesca (1990-1994), ministro de Relaciones Exteriores (1995-1998), adherido al Partido Independiente en octubre de 2021.

Mucho se ha hablado en los últimos meses de las consecuencias que está viviendo el mundo entero y por consiguiente el Uruguay, relativas a la guerra que generó Rusia al invadir Ucrania y atentar contra su integridad territorial, la seguridad de sus ciudadanos y violar en forma maliciosa su soberanía. Rusia, con este ataque, atenta también contra la paz en Europa, los equilibrios territoriales en este continente y obviamente atenta contra la paz mundial, violando todas las normas de convivencia pacífica regladas por las Naciones Unidas.

¿Cómo le afecta al Uruguay la onda expansiva de esta guerra?

Digamos que nuestro país, está en el círculo de aquellos países que ven afectado su comercio y su economía, de diversas maneras. Lo más notorio ha sido el impacto sobre el precio de la energía y del petróleo, que confirmó una tendencia alcista y que “pega” contra las cuentas nacionales, en un país que debe importar el cien por ciento del petróleo que necesita para mover su economía. Suben de precio los fertilizantes y otros insumos estratégicos para la producción agropecuaria. Sube el precio de los granos, especialmente el trigo, las oleaginosas y los aceites, dado que Ucrania y Rusia son grandes proveedores de estos productos. Esta apreciación del precio de los productos agrícolas, tiene su faceta positiva, pues estimula la producción de estos cereales y oleaginosos y permitirá que, siguiendo dicha corriente, sigan aumentando en valor y en volumen, nuestras exportaciones. Pero lo anterior también tiene como contracara negativa que refuerza nuestras rebeldes tendencias inflacionarias y la carestía de los productos básicos. Inflación importada que está en el entorno del 9 % anual. Modestísima si se la compara, con la catástrofe que padecen nuestros hermanos argentinos y muy similar a la que se está dando en países que, poco acostumbrados a este fenómeno hoy tienen cifras similares, como USA y los miembros de la UE. Está claro que la inflación internacional, que Uruguay también internaliza en su economía, no es solamente un efecto de la guerra actual en el Mar Negro y las consecuencias inmediatas sobre el comercio de alimentos. También es una inflación generalizada que sufre hoy el mundo, causada por la masa monetaria inyectada para evitar el “apagón económico” que podría haber causado la pandemia, retroalimentada con el aumento de precios global de alimentos y energía. A nivel global se está saliendo penosamente de los impactos de la pandemia y “tras cuernos palos”, sobreviene la guerra.

Vale entonces reflexionar sobre cómo por primera vez desde el apogeo de la guerra fría, se vuelven a entrelazar geopolítica y comercio de alimentos.

Reaparece en los países la preocupación por la seguridad nacional. Está sobre la mesa la seguridad europea, la seguridad militar, la seguridad cibernética (la guerra actual, tiene desarrollado también este frente táctico), la seguridad alimentaria y la seguridad energética.

Durante la guerra fría, hubo dos bloques ideológicos, muy definidos y antagónicos que tenían enfoques ideológicos y políticos opuestos, contrapesaban el poder de sus ejércitos y armas nucleares, se medían en su influencia geopolítica en la Tierra y por sus avances en la conquista del Espacio. Cada tanto se enfrentaban en territorios de terceros, en guerras declaradas o larvadas. De esto también sabemos.       

Hoy día, las nuevas tensiones y la geopolítica de la guerra, amenazas o el juego de influencias, se da entre dos bloques diferentes entre sí y heterogéneos en sí mismos. No parece haber un enfrentamiento ideológico entre sistemas (con matices instrumentales, pero capitalistas son todas las potencias mundiales). Parece haber un enfrentamiento de dominio o dominancia cultural en el sentido más amplio del término. Lo cultural que engloba la capacidad de liderazgo e incidencia, lo económico, lo militar, el acceso a los recursos naturales escasos, poder imponer una visión del ordenamiento social.

A uno de esos bloques heterogéneos o conjunto de países, pertenece Uruguay. La característica clave es que, en dicho bloque, los Estados se organizan en sistemas de gobierno democráticos y representativos. Valoran el respeto a la separación de poderes, valoran y defienden los derechos humanos y la integridad territorial y (en general) cultivan la libertad como derecho fundamental del ser humano. Llamamos a este bloque las democracias occidentales. Groseramente este bloque lo integran la alianza atlántica entre Europa, USA y Canadá. También Israel, Japón, Corea del Sur, Australia Nueva Zelanda, Sudáfrica y los países de América Latina y el Caribe, salvo excepciones. 

El otro es el eje China – Rusia, integrado por la Federación Rusa, la República Popular China, los países de oriente medio, Corea del Norte. Como vemos lo bloques son amplios y heterogéneos y hay una gran cantidad de países, como por ejemplo los del África subsahariana y varios de oriente medio, que están en disputa.

Uruguay hace parte del “bloque” de las democracias occidentales y a nuestra vez postulamos y mantenemos nuestra adhesión a los principios democráticos, el respeto y defensa de los derechos humanos, la confianza y adhesión más plena a la vigencia de derecho internacional, la solución pacífica de las controversias, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y los Estados y el respeto a su soberanía territorial y sus fronteras.

Dicho esto, también corresponde decir que, a lo largo de la historia, comerciamos y aceptamos inversiones de todos aquellos Estados, del bloque que sea, que nos compre lo que vendemos, con la menor imposición de trabas o barreras y respete nuestras reglas, y no se entrometan en nuestros asuntos interno. Es decir, respeten nuestra soberanía.

En materia comercial, cultivamos la apertura económica y comercial, la desregulación del comercio agrícola, el multilateralismo y el regionalismo abierto. Ya desde el tiempo de las “patentes de corso” otorgadas por el Gobierno Artiguista, de la Provincia Oriental, manifestamos nuestra vocación de no estar amarrados a los intereses comerciales hegemónicos y dominantes, ya fuese del Reino de España, como tampoco más tarde a los intereses del centralismo de Buenos Aires.          

El paradigma de la diplomacia comercial uruguaya del siglo XX, se expresó con el contradictorio juego de palabras de “principismo pragmático”, que no es otra cosa que aplicar, aquella famosa y muy mentada frase de Lord Palmerston, refiriéndose a los intereses de los países y sus relaciones internacionales: “No tenemos aliados eternos y no tenemos enemigos perpetuos. Lo que son eternos y perpetuos son nuestros intereses y nuestra obligación es preservarlos…”

Uruguay es un país pequeño pero influyente y de tal forma debe “jugar sus cartas” en este nuevo escenario de la geopolítica de los alimentos. El presidente Lacalle Pou dijo en Asunción el pasado jueves, que proteger a los uruguayos es abrirnos al mundo. Rescató así, la esencia fundacional del MERCOSUR en 1991. Mercosur plataforma al mundo y no muralla defensiva para desviar comercio. De tal forma que el gobierno del Uruguay no tiene más alternativa que perseverar en las negociaciones internacionales, buscando reducir el pago de aranceles por el acceso a los mercados, atraer inversiones y “empujar”, sin pudor al MERCOSUR a las negociaciones. Algo hay que cambiar.  

En una próxima entrega desarrollaremos, lo que a nuestro juicio debería fortalecerse aún más desde el gobierno, en materia de política comercial y de inserción internacional, atendiendo a la más cruda realidad: el Uruguay no solo crece y genera empleo genuino exportando; sobrevive solo si exporta, y para ello debe abrir su economía. No solo por una cuestión de acceso y reciprocidad comercial, sino justamente para ser competitivo, alineando sus costos y atrayendo inversiones, agregando valor a sus productos y a sus servicios. El TLC con China y también la negociación con Turquía, son parte de una misma estrategia que debería ampliar y estabilizar nuestro acceso, tanto a los mercados como a las inversiones provenientes de China, el acceso a los mercados de otros importadores netos que participan de la alianza liderada por este país y no generar conflictos y/o desconfianza por parte de los países de Occidente. Lo de siempre “principismo pragmático”.