Álvaro Ramos. Portada Columna Opinión
Escribe: Álvaro Ramos. Electo Senador de la República por el Partido Nacional (1995-2000). Ministro de Ganadería Agricultura y Pesca (1990-1994), ministro de Relaciones Exteriores (1995-1998), adherido al Partido Independiente en octubre de 2021.

Culminamos nuestra nota anterior anunciando que abordaríamos a continuación las principales cuestiones de política comercial e inserción internacional de acuerdo al título enunciado. Nuestro país no solo crece y genera empleo genuino exportando. Sobrevive solo si exporta, y para que esto sea posible, debe abrir su economía. No solo por una cuestión de acceso y reciprocidad comercial, sino principalmente para ser competitivo, alineando sus costos internos, atrayendo inversiones, agregando valor a sus productos y a sus servicios. El TLC con China y también la negociación con Turquía, y la manida, fatigosa y frustrante, negociación con la UE, son parte de una misma estrategia. Debemos lograr así, ampliar y estabilizar nuestro acceso a esos mercados.

En el caso de China, importa no solamente el acceso a su mercado, infinito para nuestros bienes exportables, sino que, de manera muy especial interesa la captación de inversiones chinas (especialmente en cuestiones tecnológicas, salud, servicios, infraestructura, industria) y la cooperación bilateral, técnica y financiera. De este enfoque estratégico, surge naturalmente, la respuesta a la pregunta: ¿por qué un TLC y no un acuerdo de alcance parcial sobre desgravaciones recíprocas a una lista de productos acotada? Parecería que esto puede hacerse sin molestar a nadie y en materia de acceso a mercados tendría un mismo efecto. Son dos Estados, que resignan de común acuerdo ingresos por cuenta del cobro de aranceles a sus importaciones recíprocas. Ocurre que, para el beneficio de Uruguay, no solo importa el acceso al mercado chino para nuestros productos, sino todo lo demás. 

En materia geopolítica y derivado esto de las consecuencias político – militares y de seguridad, que ha generado la invasión de Rusia a Ucrania, parece haberse dividido el mundo – como en momentos de la Guerra Fría – en dos bloques de influencia, si bien ya no ideológica, sí en cuanto a “valores” democráticos, de convivencia y respeto a las reglas y el derecho internacional. Es así que algunos analistas advierten del riesgo sobre que un acuerdo de libre comercio con China, podría dejar a Uruguay no solamente aislado de sus socios del MERCOSUR, sino de las democracias occidentales encabezadas por los Estados Unidos y la Unión Europea. Acceder al mercado chino sin aranceles, así como a sus inversiones y también el acceso a los mercados de otros importadores netos que participarían de la alianza liderada por este país, podría generar conflictos y/o desconfianza por parte de los países de Occidente e irritar a nuestros tres socios del MERCOSUR.

Este es el “quid” de la estrategia que el gobierno del Uruguay debe seguir para mejor defender los intereses del país en la actual coyuntura. Para seguir creciendo y seguir generando empleo y recuperar salario, a partir de más actividad económica.

Decíamos en nuestra entrega anterior, que los bloques no solo no son homogéneos, sino que tampoco se comportan en forma “monolítica”. La fuerza de las alianzas y los vínculos son mucho menos fuertes ahora, que durante la guerra fría y están claramente mediatizadas por un cúmulo de factores más, (nacionalismos, cultura, religión, migraciones). Es así que muchos Estados se desmarcan de sus “espacios naturales” al momento de reaccionar, apoyar o criticar determinados eventos y/o crisis internacionales o regionales. Incluso al momento de votar en los órganos naturales del sistema de las Naciones Unidas. Hay deserciones, frente a determinadas opiniones o posturas de los países líderes y hay alianzas temporales de acuerdo a intereses coyunturales y diversos. En definitiva, se cruzan intereses políticos, militares y de seguridad, con intereses sobre el acceso a los recursos naturales, a materias primas estratégicas, intereses comerciales, económicos y de defensa de determinadas inversiones.  

Imagino que los servicios de Cancillería, llevarán prolijo registro de cómo votan los países en las Naciones Unidas y las sucesivas alineaciones o deserciones, pues es una forma de dibujar “mapas activos y dinámicos” sobre el comportamiento de los nuevos bloques geopolíticos, que permitirían prever, consecuencias o reacciones frente al ejercicio de nuestra soberanía en materia internacional y comercial.  

Así mismo, un análisis de las tendencias en cuanto al comportamiento de los Estados, nos darán una idea más cabal sobre la consolidación o no de “una gran alianza occidental” construida a partir de los valores culturales. Una declaración muy reveladora en este sentido es la que ha realizado Christine Lagarde, refiriéndose al comportamiento de Europa, los Estados Unidos y los países que más se identifican con sus posiciones. Decía la actual presidente del Banco Central Europeo: “a partir de esta crisis política, la economía y los valores estarán estrechamente interconectados y juntos irán definiendo un nuevo mapa de la globalización”. Debemos ver si esto es “realidad” o “aspiración”.

Sin embargo, los límites de la alianza, parecerían haber estado dibujados en forma difusa – por ejemplo – en relación a las sanciones a Rusia. Hubo un conjunto de países, que han omitido criticar o sancionar a Rusia en el ámbito de la Asamblea de las Naciones Unidas. Entre ellos se podría esperar que varios estuvieran más cerca de la “alianza occidental” que de la liderada por el binomio China – Rusia.

Todo indica que Uruguay, debería construir un “pensamiento estratégico” de mediano plazo. Esto pasa por la observación, el seguimiento y la prudencia, al momento de acoplar o desacoplar los intereses y estrategias de la geopolítica y del comercio. Lo anterior claramente debe ser mirado en clave MERCOSUR, ya que dos bloques distanciados entre sí en términos económicos y comerciales, genera un importante dilema para los países miembros del Mercosur.

Observar atentamente la consolidación de la UE en el escenario internacional y especialmente en sus posiciones en materia de agricultura, energía y medio ambiente. La reacción unánime de sus miembros frente a la invasión rusa. La estrecha relación entre integración política y seguridad expresada en un cierre de filas en la OTAN y en su estratégico crecimiento por la incorporación de los países nórdicos, dejando atrás una –hasta ahora– bastante cómoda neutralidad. A la vez de esta reacción unitaria, articulada con los Estados Unidos, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Israel, la UE es cada vez más enfática y determinada en empujar en la agenda internacional sus posiciones sobre ambiente, energía, producción agrícola y agropecuaria.

La invasión a Ucrania ha provocado que la UE busque liberarse de la dependencia del gas natural de Rusia y para ello han iniciado un rápido proceso de transición energética, disminuyendo el consumo, buscando nuevos oferentes de energía fósil y desarrollando fuentes alternativas. El desarrollo de algunas de estas fuentes alternativas para la generación de energía renovable, como los biocombustibles y las fuentes eólicas, solares e hídricas tendrán efectos importantes sobre el sector rural y podrían competir por recursos con la producción de alimentos.

A partir de los sucesivos acuerdos alcanzados en la Conferencia de las Partes (COP), la UE avanzó de manera muy significativa en acciones dirigidas a disminuir las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEIs), en particular a través de las propuestas conocidas como Green Deal y Farm to Fork, las cuales condicionan de manera significativa a su propia producción de alimentos, aunque también imponen restricciones de carácter ambiental a sus importaciones de origen agropecuario.

Esta decidida política comunitaria de alcanzar más temprano que tarde los objetivos ambientales y liderar al mundo en esta materia, podría tener un impacto en mayores costos de producción agrícola una disminución de la productividad por hectárea, lo cual llevaría a la aplicación de mayores subsidios directos a la producción y una mayor protección en frontera en relación a las importaciones de terceros países. Esto sin duda significaría un retroceso con respecto a la tímida, pero sostenida apertura comercial que la UE ha mantenido en los últimos años en relación al comercio de alimentos. También hay que esperar efectos negativos respecto del comercio agroindustrial que la UE tiene con el Mercosur y mucho más aún sobre el incierto futuro del tratado comercial acordado en principio entre ambos bloques comerciales.

Finalmente, la situación interna del MERCOSUR, es preocupante, por no decir desmoralizante. La crisis endémica de la Argentina (política, económica y social), las posiciones dubitativas y sorprendentemente atónicas del Brasil, sin presencia ni liderazgo internacional, condicionan y erosionan la credibilidad del bloque. No obstante – frente a Uruguay – esgrimen una retórica integracionista que niegan en la práctica. Paraguay, poco proactivo en general, vive hoy día su propio intríngulis respecto a su relación con Taiwán.      

Si bien no es un hecho, sí es probable que, en enero del 2023, Brasil vuelva a tener al Lula como presidente y un gobierno de una coalición liderada por el PT, pero integrada también por el PSB, en la figura de Geraldo Alckmin, de inocultable impronta conservadora. En sus dos presidencias anteriores Lula tuvo una muy fuerte y decidida política exterior de liderazgo, tanto dentro como fuera de la región. A su impronta política se deben la CELAC y los BRICS, por mencionar dos conjuntos de países que justamente no se configuran con claridad dentro de las alianzas geopolíticas que antes mencionábamos. También Lula respecto del MERCOSUR fue más pragmático y basó las decisiones a la interna del bloque, por el único lente de su vocación de liderazgo regional e internacional, que cimentaran la búsqueda de una silla permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.  Este nuevo escenario de aquí a cuatro meses también habrá que tomarlo en cuenta e incidir para que se pueda reorientar el MERCOSUR, hacia una estrategia que nos permita acceder a aquellos mercados que han quedado desabastecidos de alimentos por la guerra entre Rusia y Ucrania. También trabajar en acuerdos comerciales tradicionales y progresar en una mayor convergencia regulatoria regional, para la facilitación del comercio y en el desarrollo de la infraestructura de comunicaciones y logística, en el marco de ALADI.     

Para terminar, parecería entonces que el ejercicio del tradicional “principismo pragmático”, de la política exterior uruguaya, requeriría hoy día de una sólida metodología de análisis y un seguimiento constante y objetivo de los acontecimientos geopolíticos y comerciales, en consulta con el sector privado y la academia. No estaría fuera de lugar entonces, contar con una unidad altamente calificada de inteligencia estratégica y prospectiva, en materia de política internacional y comercio, que desde la Cancillería asesore al Gobierno sobre estos temas, más allá de las coyunturas y que tomando éstas en cuenta, permita proyectar acciones de mediano y largo plazo en el marco de una efectiva “Política de Estado”.