Luis Nieto. Portada Columna Opinión

Escribe: Luis Nieto (*)

Entre 1820 y 1823, Goya pinta una de las obras más importantes de su período negro. “Duelo a garrotazos” muestra a dos campesinos peleando con bastones, en medio de un paisaje desolado. Es la rabia pura entre dos personas elementales, sin motivo que expliquen la pelea. La obra fue realizada por Picasso en la época de las guerras civiles, cuando en 1808 comienza a desaparecer el imperio español, sobre un territorio donde nunca se ponía el sol. La resistencia a la invasión de las tropas napoleónicas no estuvo encabezada por la estructura militar de la corona española sino por las clases medias, y por grupos de campesinos, que ni tenían la información suficiente, ni la representación administrativa, que hasta aquel momento ejercía la monarquía de los borbones. Pero las tropas francesas pisoteaban su sentido territorial, que incluía los territorios de ultramar. Los pobladores de las más diversas comarcas de la península se sintieron, de un día para otro, ultrajados por las tropas napoleónicas, y sus tierras amenazadas. Los fusilamientos de 1808 fueron, y hasta el día de hoy, la ciega respuesta al vacío institucional.

Goya, el cronista que ilustró con su serie “Los desastres de la guerra”, pintó con rigor los innumerables fusilamientos, el espanto, los actos de valentía, la muralla de hombres y fusiles que derribarán, una y otra vez, filas de patriotas que el tiempo irá sepultando en hechos históricos complejos, hasta que, no tantos años atrás, se reencuentran en una sociedad democrática, que evita repetir la grieta que separó a la sociedad española de la República, en izquierdas y derechas, como dos bandos irreconciliables. En los pueblos de la montaña, en los campos españoles, cuando ya se vislumbraba la democracia, en 1976, al atardecer se clausuraban las ventanas, y sólo quedaba la noche, del lado de afuera, como vestigio del miedo, largamente centenario.

Tras el período en que los militares mal gobernaron Uruguay, el saldo no podía ser peor, si se lo compara con la sociedad uruguaya que no había perdido su apego a la democracia, la verdadera reliquia espiritual que hizo posible la vuelta a la vida civil que construyó grandes realidades, a pesar de su pequeñez territorial, de su escasez de recursos, a y sus escasos interlocutores en el plano regional.
Trece años de dictadura no bastaron para hacer caer la obra que la pluralidad de pensamientos había edificado, hasta la coincidencia de dos hechos determinantes: la revolución cubana, como punta de lanza de un socialismo de índole leninista/estalinista, y la falta de reflejos del sistema colegiado. Las circunstancias políticas de 1966, con la candidatura del general Gestido, y su temprana muerte, empujaron al país a manos del movimiento guerrillero Tupamaros, que, salvo algunas pocas diferencias, se había inspirado en la sociedad verticalista y excluyente, que el capricho de Fidel Castro se empeñó en implantar en un continente imposible de reducir a una identidad política y social más avocada a la construcción de la democracia que al verticalismo de las dictaduras valleinclanescas.

A pesar de los graves daños institucionales en la escuela, la salud pública, la justicia, la economía del país, etcétera, la confianza en la intangible democracia, unió al pueblo uruguaya en una respuesta que no ha sido lo suficientemente valorada: el rechazo político a la dictadura en 1980. Los partidos tradicionales, junto a numerosos ciudadanos votantes del Frente Amplio, se manifestaron claramente a favor del NO. La trampa era sutil: votar por el SI era una salida, votar por el NO era una hazaña.

Ganó la hazaña, perdió el régimen militar. El entusiasmo popular fue la fiesta de un pueblo que se reencontraba con el espíritu de la democracia perdida, no con la entrada a Montevideo de una columna de guerrilleros montados en un tanque, o la disolución del funesto Consejo de Estado a manos de una insurrección popular.

Ese hecho de enorme trascendencia, nos conduce a la expresión más clara de cuáles eran los sueños de los uruguayos, cuando, tres años más tarde, se reúnen frente al obelisco a los Constituyentes, sin exclusiones. En ese acto de gran simbolismo, los uruguayos expresaban, el tipo de futuro que querían: una sociedad tan abierta en la que pudiesen convivir Pereira Reverbel, rehén de los Tupamaros, y Víctor Zemproni, notorio dirigente sindical tupamaro. El Río de Libertad, como se le llamó desde entonces al acto del 27 de noviembre de 1983, fue el segundo acto de expresión popular, en el que más genuinamente se expresaron los uruguayos. La vuelta a la práctica partidaria fue otra cosa, no exenta de falsedades y actitudes mezquinas.

Destrabada la democracia, de vuelta a la vida partidaria, muy pocos evitaron servirse de ella para tomar posiciones más ventajosas, aprovechando una lectura restringida del triunfo popular. Hubo un clamor extendido para que se abrieran las cárceles, y recobraran su libertad todos los que, por una u otra razón, se habían opuesto, no sólo a la dictadura, sino, antes de ella, también a la democracia, desde comienzo de la década del sesenta. A los tres días de constituido, el nuevo gobierno contaba con una Ley de Amnistía, lo suficientemente amplia como para cerrar ese capítulo doloroso, largamente reclamado.
Quedaron excluidos todos quienes hubiesen estado involucrados en actos de violación de los Derechos Humanos, actores o asociados a ellos.

Vuelta a la libertad, apenas 13 días más tarde de la liberación, el MLN hace un acto en el Platense Patín Club, al que concurrieron muchísimos antiguos militantes a escuchar a sus dirigentes presos en condiciones infrahumanas. En ese acto, también histórico, y que debió quedar como un mojón para el futuro del MLN, José Mujica dijo lo siguiente: “No venimos a llorar nuestros dolores ni nuestras penas, simplemente a dejar bien clarito que el puñado de viejos que van quedando tiene nítidamente claro que apenas es un palito, que debe funcionar para que la colmena se aglomere en rededor; lo esencial no es el palito, sino la colmena.” A pesar de las circunstancias, la voz del Pepe abrió una gran esperanza entre quienes se habían reunido en el Platense. Los militantes reunidos, junto a sus jefes, habían vivido, también, en duras circunstancias, y muchos otros habían perdido la vida, la mayoría de ellos en Argentina. En esos 13 días, desde su liberación, habían recibido informes de cada una de las fracciones en que se había dividido el MLN, incluyendo a quienes entre 1974 y 1976 habían abandonado, expresamente, la vía armada, sector mayoritario, conocido como el de “Los renunciantes”. Todos los oídos escucharon la voz del Pepe, como el rumor de un arroyo que baja entre las piedras en que se había transformado la derrota de una teoría. Pero la voz de quienes acudieron al Platense no fue escuchada para tomar una posición acorde con el sacrificio que una juventud manijeada, a la que se le pidió que dieran sus mejores años para ser como el Che. Fue un chamuyo, una brillante pieza oratoria, que acabó deshaciéndose frente al apoyo a los vascos en el Filtro, y a los viajes a la Libia de Gadafi.

Aquel espíritu del NO, y del Obelisco, pudo haber sido respetado por el palito que uniría la colmena, de haber comprendido lo innecesario de la lucha armada en el Uruguay, y de haber seguido la opinión de Raúl Sendic, contrario a la continuidad del MLN. El palito armó otra colmena, que sí aceptó la vida democrática, bajo el mismo racimo de conceptos que aquel orador del Platense desgranó con habilidad. Pero fue un concepto retórico al mantener, al mismo tiempo, la toma de Pando como acto principal de la guerrilla tupamara, hoy recordada por la atrayente fábula que escribió Fernández Huidobro.
Los que sufrieron, y perdieron compañeros y familiares en la luctuosa aventura guerrillera, están como aquellos dos campesinos de Picasso, dándose garrotazos con quienes creyeron pelear contra una avanzada de lo que le esperaba al mundo, de no intervenir ellos, en esa cruzada que se llevó puestos todos los derechos con los que los ciudadanos de este país se pudieran amparar.
El tiempo sigue, sin retroceder un solo día.

Dos consultas populares fueron desoídas por una parte de la sociedad que olvidó el gesto del Obelisco, y el verdadero impulso que en 1980 frenó las intenciones de la dictadura de durar un poco más. Las palabras del Pepe sonaron muy bien, al anunciar que a él no le gustaba tener a viejos en la cárcel, igual que aquella metáfora del palito, que le permitió sobrevivir mediante la astucia y la genialidad. Pero se acabó el tiempo de las genialidades.

Esta política, hacia el pasado reciente, nos ha dejado dos consecuencias indeseadas por la mayoría de los uruguayos: Por primera vez conviviremos con un partido exclusivamente de derecha, y con una asociación de presos políticos, que serán un tapón en el intento de retener la presión de una sociedad dividida, donde la elección será blanco o negro, derecha o izquierda, lo más alejado de lo que pasó el 27 de noviembre de 1983 frente al obelisco a los Constituyentes.

Qué poca grandeza se respira en el país, cuando estamos asediados por amenazas más grandes de las que pudiéramos imaginar.

*Este artículo también fue publicado en “Voces”, el día 17 de febrero.