Javier Lasida. Portada Columna Opinión

Escribe: Javier Lasida. Presidente del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEED).

¿Qué tienen en común el Holocausto, el candombe y las competencias emocionales, se preguntará el lector? Que en los tres hay proyectos de ley presentados o aprobados para que se incluyan en los programas curriculares.

Probablemente todos o la gran mayoría estemos de acuerdo en que los tres temas deben estar en los currículos.

La norma en algunos de los casos tiene la prudencia de establecer “el particular interés” de la presencia del tema en los programas, o sea de ni siquiera imponerlo. Pero la forma de expresarlo no disimula el propósito básico, que es decidir un tema curricular. Mi preocupación por estas leyes tampoco refiere a la independencia de las instituciones docentes, que bueno es observar que algunos han reclamado, en general y en particular en relación a estas iniciativas. No comparto que la decisión de qué debemos enseñar sea prerrogativa de la organización que debe enseñar. En el fondo eso es corporativismo, así las organizaciones de la salud deberían definir las prestaciones asistenciales o las Fuerzas Armadas las medidas de defensa nacional. Mi objeción a estas iniciativas, cada una de ellas compartible, es una cuestión de política pública. El currículo es una de esas herramientas (hay varias más en las políticas públicas) que no se debe resolver por partes.

La ANEP ha definido un marco curricular y ha convocado a todos los actores de la sociedad, entre ellos a los partidos políticos, a aportar al respecto. Ese es el lugar y el momento de estos planteos. Es más, el Parlamento tiene todo el derecho de convocar a la ANEP para discutirlo. Todo ello es cierto que es menos notorio, pero así es como funcionan bien las instituciones, asumiendo cada uno el papel que le toca, muchas veces de forma menos visible, pero más efectiva, probablemente para cada tema y seguramente para el resultado general.

¿Tiene sentido que establezcamos enseñar sobre el holocausto sin definir como vamos a enseñar la historia del siglo XX y XXI? Aclaro que todo ello entiendo que debe formar parte de los programas, pero a la vez que debemos reconocer que no tenemos acuerdos mínimos de cómo hacerlo. Con esto por supuesto que no propongo consensos sobre los temas, sino sobre las formas de abordarlos en el aula. Y la forma es el pluralismo, el difícil e imprescindible respeto a las posiciones contrapuestas que sobre estos temas existen en nuestra sociedad. ¡Todo ello debe ser parte de la educación!

Siguiendo con las “leyes curriculares” ¿Tiene sentido enseñar a Figari sin definiciones más generales sobre la formación artística? ¿Tiene sentido pensar las competencias socioemocionales separadas de las cognitivas? Tiendo a responder que no a cada una de las preguntas, en beneficio de una visión global, integral del currículo. Tal como hizo el CODICEN, tal como se hace en el buen diseño curricular hoy en el mundo, empezando por acordar el perfil de egreso, lo que queremos que aprendan los estudiantes al terminar cada etapa. Y a la vez evitemos el riesgo de la posición enciclopedista, reclamada hace poco por uno de los delegados docentes en CODICEN. El enciclopedismo hoy no sólo es inconveniente, es inviable, es más una ilusión que una posibilidad. Los buenos currículos no acumulan contenidos, sino que los organizan, los priorizan, eligen y después confían en las decisiones de los estudiantes.