Pablo Mieres. Portada Columna Opinión

Escribe: Pablo Mieres. Ministro de Trabajo y Seguridad Social.

El domingo 27 de marzo la ciudadanía resolvió ratificar los 135 artículos de la LUC que fueran cuestionados por el Frente Amplio, el PIT-CNT y otras organizaciones sociales. No recuerdo, desde el Plebiscito de 1980, una campaña más plagada de mentiras y engaños impulsados por diferentes referentes de quienes cuestionaban los artículos de la ley.

Efectivamente, durante toda la campaña, se pretendió hacerle decir a la LUC una enorme cantidad de barbaridades que los artículos de la ley no decían. El colmo fue cuando en la “recta final” las baterías opositoras apuntaron al aumento de precios como último recurso para ganar adhesiones, pretendiendo vincular tal situación que es resultado de una realidad mundial provocada, primero por las políticas impulsadas por los países desarrollados frente a la crisis de la pandemia y luego por los efectos múltiples de la invasión rusa a Ucrania.

El Frente Amplio eligió la estrategia del “todo vale” para buscar el triunfo en el Referéndum del pasado 27 de marzo, sin tener en cuenta ningún tipo de límite, particularmente el de argumentar con la verdad que brilló por su ausencia de manera sorprendente.

Sin embargo, la ciudadanía votó por la ratificación de la ley. A pesar de las mentiras, a pesar de que en estos tiempos la mayor parte de los gobiernos en el mundo sufren derrotas debido al malestar que generó la pandemia, a pesar de que han transcurrido más de dos años de gestión de gobierno que en general producen desgaste, a pesar del aumento de precios de las últimas semanas previas a la consulta electoral.

Y, otra vez, el Frente Amplio exhibe lo que, a esta altura, es un síndrome muy preocupante. Su incapacidad para aceptar una derrota electoral. Una indigestión electoral recurrente que se convierte en una característica cada vez más presente en los discursos y actitudes de la oposición.

La negación del resultado electoral en la noche de noviembre de 2019 y la nueva reticencia para aceptar la derrota en el referéndum en marzo de 2022, la relativización continua del resultado para pretender convertir en victoria lo que, a todas luces, resultaron ser derrotas indiscutibles, indican que algo más profundo se ha instalado en la línea de pensamiento de los principales dirigentes del Frente Amplio.
El argumento central que utilizan es la escasa diferencia del resultado. En función de ello indican que la derrota poco menos que no es tal y que, además, entonces se discute el derecho del gobierno nada menos que a ejercer el gobierno.

Veamos lo que ha ocurrido en las últimas elecciones nacionales.

Desde que el Frente Amplio accedió al gobierno en 2005, sus resultados electorales en primera vuelta fueron 51,7% en 2004, 48% en 2009 y 47,8% en 2014. Por efecto del sistema electoral, en la asignación de los cargos parlamentarios, en las tres oportunidades obtuvo mayoría parlamentaria. Pero salvo en 2004, no obtuvo la mayoría absoluta de votos. Sin embargo, a nadie se le ocurrió cuestionar la legitimidad de los sucesivos gobiernos, ni pretender que, por obtener una mayoría parlamentaria muy ajustada, no tenía derecho a tomar las decisiones que entendiera más adecuadas.

A su vez, el Frente Amplio, salvo en un par de ocasiones en que convocó a la búsqueda de algunos acuerdos de poco impacto y escaso éxito, asumió la responsabilidad de gobernar en solitario tomando las decisiones sobre los más variados temas y áreas de la vida del país.

Sin embargo, ahora, que les ha tocado estar del otro lado del mostrador alcanzando el 39% de los votos en primera vuelta y perdiendo la segunda vuelta por un punto y medio y perdiendo ahora el Referéndum por un margen similar, busca argumentos insólitos para reivindicar, poco menos que una victoria. Olvidando que una regla fundamental de la democracia es que “el que gana, gana” y tiene el derecho de gobernar.

Hace mucho tiempo que el país se divide electoralmente en dos mitades. Durante los quince años que transcurrieron desde 2004 a 2019 la mitad mayor correspondió al Frente Amplio; pero a partir del 2019 la mitad mayor corresponde a la actual coalición de gobierno.

¿Por qué entonces le cuesta tanto al Frente Amplio asumir las sucesivas derrotas?

La alternancia es una de las notas principales del funcionamiento democrático en cualquier país del mundo. Sin embargo, para el pensamiento de los principales dirigentes del Frente Amplio existe una suerte de cuestionamiento moral al triunfo de la otra mitad.

Lamentablemente, vemos en sus análisis y discursos una descalificación del triunfo de la coalición de gobierno.

Detrás de estos cuestionamientos, que nadie hizo cuando le tocó al Frente Amplio ganar, asoma una autopercepción muy peligrosa de “sentimiento de superioridad moral” que implica la idea de que es a ellos a quienes les corresponde gobernar porque sienten que les asiste la representación de los “buenos”.
Esta lógica es muy poco democrática y de escasos reflejos pluralistas. Pero, además, es un camino que difícilmente les ayude a entender las razones múltiples de la derrota sufrida.

Probablemente sea una forma de evitar el doloroso camino de la autocrítica. Olvidar los desastres de la gestión de varias empresas públicas y de las inversiones ruinosas, ausencia de ideas para transformar la educación, el Estado, incapacidad para reconocer los fracasos de la gestión de la seguridad y otros temas variados que determinaron su derrota electoral.

La alternancia es un componente central de la vida democrática y no aceptarlo o reconocerlo es despreciar el valor del pluralismo y de la propia legitimidad.

Pero esto vale para todos. Indudablemente, y en este sentido, la coalición gobernante tiene un enorme desafío por delante. Es el tiempo de impulsar los cambios incluidos en el “Compromiso por el país” que incluye transformaciones pendientes en diversos campos de nuestra vida social.

En ese camino estamos los independientes. Participando de esta gestión de gobierno y dispuestos a promover y asumir, con nuestra convicción, los cambios que queremos para la mejora de la calidad de vida de nuestra gente, en particular de los más humildes y vulnerables.