José Rilla. Portada Columna Opinión

Escribe: José Rilla. Profesor e historiador.

La Ley de Urgente consideración está prevista en nuestro funcionamiento constitucional. Desde la restauración democrática, todos los presidentes de la república han usado de ese recurso para dar trámite a diferentes normas. La de mayor amplitud, es indudable, fue la LUC aprobada en 2020 y ratificada por estrecho margen en el referéndum del domingo 27 de marzo, cuando fueron sometidos a consideración 135 de sus 476 artículos.

Se puede y tal vez se debe discutir, para el futuro, la conveniencia institucional de una potestad tan dilatada de iniciativa del Poder Ejecutivo, debatir lo que puede ser o no materia de urgente consideración, y aún dentro de ello, de los plazos y las formas generales de trámite.  Lo discutió la Constituyente en 1966 y seguramente ya es tiempo de volver a hacerlo.

Sin embargo, las cosas suceden en un contexto normativo y político, de principios y de posibilidades. Sobre los principios, ideas o móviles, la gran diversidad temática que ofrecía la LUC tiene relación una serie de asuntos serios y vinculados:  las libertades, la flexibilización, la pretensión de equilibrio entre fuerzas dispares, la transparencia de algunos costos de la economía, el fortalecimiento de la autoridad policial, la jerarquización de la función del gobierno en la gestión de la educación primaria y media. De estos temas, que no son muchos y estaban en la campaña desde 2018, se podía haber discutido más y mejor.

En cuanto al “arte de lo posible”, para decirlo a la antigua, el examen debería ir más a fondo. Es sorprendente que los analistas y los políticos, cada uno a su modo, nos digan ahora que el Uruguay está polarizado, que “son dos países”, que vamos camino a la grieta, etcétera, cuando en verdad todo el sistema de formación de gobierno desde la reforma de 1996 lleva las cosas, fuertemente, a esa dirección bipolar. No podemos quejarnos de la polarización si hacemos todo lo posible para terminar en ella. No es tanto, pues, que la ciudadanía (la demanda) se divida espontáneamente en dos bandos incluso cuando hay más de dos, sino que los políticos (la oferta) se aplican con esmero y pereza automática a poner sobre la mesa un menú de preferencias así organizado, como fatal dicotomía. El balotaje es la corona, el incentivo más grande en este juego de dos que suman cero. La política mirada como mera competencia es una permanente simulación de ese momento supremo.

La coalición ganadora en 2019 es una expresión cabal de este funcionamiento, de una forma específica de alcanzar el gobierno. Luis Lacalle Pou condujo ese proceso con mano maestra y armó la única articulación política capaz de derrotar al Frente Amplio y terminar con 15 años de gobierno de mayoría de ese partido-coalición. El resultado electoral no podía sino ser ajustadísimo, tanto como el tiempo y el espacio disponible para poner en marcha las promesas de gobierno. Con algunos bordes de indisciplina respecto a lo no acordado previamente, los socios multicolores se mantuvieron alineados y comprometidos durante los dos primeros años de gobierno, tiempos castigados, además, por una pandemia.

La LUC ratificada es otra expresión de las posibilidades acotadas, el único modo de hacer avanzar en los primeros años de la administración algunas iniciativas consideradas fundamentales. Puede pensarse, en conclusión, que su impugnación en las urnas cumplió una doble función estabilizadora: por un lado, reafirmó a la coalición de gobierno, extendió su pertinencia y vigencia y quitó a los socios muchos motivos para la deserción. Por otro lado, el ciclo de impugnación mantuvo encendido el fuego del Frente Amplio y de los movimientos a él asociados y logró poner freno al ritmo gobernante.

El Frente Amplio, el de Martínez y el de Pereira, no sabe perder o se lleva mal con la derrota (sobre todo cuando casi gana), pero dicho empecinamiento le ayuda a mantener la fibra de su esmerada militancia o el aire afectado de muchos de sus dirigentes. Clama engolado por el diálogo en nombre del “medio país” (lo que rechazaba cuando era la mitad un poquito mayor y aprobaba las leyes por un voto), pero sus mejores posibilidades, una vez más, están en el conflicto y el enfrentamiento. Si no hubiera existido la LUC tenía que inventarse algo parecido que cumpliera esa función.

Las retóricas del diálogo son encantadoras, incluso cuando encubren la estrategia de la polarización en la que nos seguimos precipitando.