José Rilla. Portada Columna Opinión

Escribe: José Rilla. Profesor e historiador.

Un nuevo libro sobre Cuba se publicó hace varias semanas. Se trata de “Cuba, de eso mejor ni hablar”, escrito por Carlos Liscano. Es un libro valiente, despojado, largamente pensado por su autor. Hay que leerlo como hubo que leer a Luis Nieto hace unos años, en “Las pesadillas de Fidel Castro”, también publicado por la editorial Fin de Siglo.

Es una costumbre que tiene algo de mala costumbre, convocar argumentos ad hominem y medir las palabras, bien o mal, según quién las enuncia (quién las dice, desde dónde y cuándo). Con arreglo a ese mecanismo, durante la larga Guerra Fría se descalificaron pronunciamientos y opiniones, se silenciaron (cancelaron se dice ahora) pensadores, se promovieron persecuciones y exilios. Las historias de Víctor Serge, de Hannah Arendt, de Georges Bernanos, de Albert Camus para mencionar algunas que son ejemplares, hablan no sólo de sus obras y trayectos vitales, sino también de quienes las leyeron, para negarlas o jerarquizarlas como parte de su experiencia de comprensión del mundo.

Liscano escribe sobre lo que ya sabíamos y forma parte, luctuosamente, de nuestra conciencia democrática: Cuba, una dictadura como tantas y reforzada por el paraguas de la URSS, violación de los derechos de las personas, miseria y desigualdad, fracaso económico y social, deterioro de la moral pública, desigualdad basada en la ventaja y la prebenda, persecución de toda discrepancia y “anormalidad”, impostura intelectual y de los intelectuales, aventurerismo irresponsable… Hay que leerlo, no tanto por lo nuevo que diga, que lo dice, y tampoco por quien lo escribe y su circunstancia, en absoluto irrelevantes. Se trata de un tupamaro de fuerte compromiso con la organización en sus edades bien juveniles, de un preso duramente tratado (otro libro suyo, “El furgón de los locos”, 2001, es una breve y lacerante reconstrucción de una experiencia que a tantos en el mundo condujo al suicidio o al silencio, la experiencia radical del cuerpo y el espíritu en la cárcel). Hay que decir más, aunque se sepa: ha sido Liscano un militante tan leal como crítico del Frente Amplio y un ejemplar jerarca de su Administración. En la cárcel a la que entró con 23 años decidió entregarse para siempre a la escritura, con los ojos bien abiertos.

Hay en todo esto otra dimensión que es política e intelectual, aunque no muy novedosa. No refiere a lo que escribe Carlos Liscano sino a lo que hacemos con lo que escribe. Por ejemplo, ha sido reporteado en algunos medios de comunicación, en la radio y en la televisión; la presentación de su libro tuvo buenos comentaristas, aunque una magra concurrencia; en la prensa se publicaron notas oportunas y de gran interés. Pero los medios confesionales de la izquierda vienen corriendo de atrás, o vienen callando, una vez más. Le regalan el asunto a los previsibles editorialistas del “matutino cagancho” que viven cavando la fosa. Cuba no tiene páginas ni espacios literarios o políticos en los también previsibles espacios llamados progresistas. Estos medios, por ahora, hacen honor al título completo del libro.

El ninguneo de quienes debían hablar primero porque se han llenado la boca con cosas como la autocrítica, es una vieja fórmula negacionista. No hablar porque “es mejor no hablar”, no hablar para “no hacerle juego a la derecha”, no hablar -ya bajando el escalón del agravio- porque así hay que tratar a los traidores (así respondió una vez Benedetti), o ya en el escalón del cinismo, porque el silencio tapa unas verdades que el tiempo transforma en mentiras. Y así. (Hay otro camino lateral: en privado, ¡qué bien Carlos!; en público, mejor no hablar…)

Liscano es un hombre valiente, mucho más valiente que cuando siendo muy joven empuñaba las armas, “por creer tanto” según sus palabras en “El Furgón”. Pagó por esto último y pagará por lo primero, lo más reciente. Salvo que acompañemos con seriedad su actual meditación.

Esta historia tiene algo de las tragedias del siglo pasado. Quienes desde la izquierda nunca nos tragamos el sapo de Cuba tenemos por lo menos derecho a mantener en alto la pregunta que se aplica para muchos casos: si se conocía la naturaleza criminal de esta tiranía, como se conocía la de los regímenes satélites de la Unión Soviética, ¿por qué ignorarla tan irresponsablemente? ¿por qué agraviar así el sentido común que ha de ser una base de nuestra vida en común? Los comunistas del siglo XX fueron expertos en un camuflaje muy exitoso: hicieron creíble la idea fantasiosa que los suponía únicos antifascistas del plantea, y por derivación, casi democráticos. Ciertamente, millones de soviéticos entregaron su vida en la lucha contra Hitler, pero como lo escribió Arendt para quien quisiera leerlo, los campos de concentración no terminaron después del nazismo. Esto era tan evidente como la fe ciega (para decirlo con algo de optimismo) que portaban los negadores y que se fue endureciendo con la Guerra Fría.

¿Sabrán Bergamino y Pereira que estamos en otro mundo? Se van de gira pronto pero no hay que preguntarles más si Cuba es una dictadura porque retrocedemos todos con sus respuestas. El primero balbucea sumergido en fantásticas contradicciones, el segundo pone play, como si nada hubiera pasado.