Pérez del Castillo. Portada Columna Opinión

Escribe: Gonzalo Pérez del Castillo. Consultor Internacional, presidente del Consejo Uruguayo para las Relaciones Internacionales (CURI) y secretario de Relaciones Internacionales del Partido Independiente.

Tuve la suerte de nacer un día antes de que se cumpliera el primer aniversario de la firma de la Carta de las Naciones Unidas el 24 de Octubre de 1945. Durante mi infancia y adolescencia no fui consciente de la fortuna que tuve de llegar a un mundo que había logrado acuerdos básicos para la convivencia humana. Acuerdos de carácter universal, es decir, válidos para todas las nacionalidades, las razas, las religiones en cualquier parte del planeta. Un mundo que había entendido que la fuerza no debe ser utilizada para ningún otro motivo que no sea la persecución del bien común; que nadie puede atacar, o ser atacado, por sus creencias religiosas, políticas o sus convicciones ideológicas; que cualquier controversia susceptible de conducir al quebrantamiento de la paz debe ser superada por medios pacíficos.

En mis años más maduros, sin embargo, lo aprecié enormemente. Trabajé veinticinco años como funcionario de la  ONU y aprendí que faltaban algunas cosas más. Como ser, por ejemplo, que ningún colectivo humano tiene el derecho a una supremacía militar, política o cultural sobre cualquier otro o que la paz del mundo no puede continuar sujeta a la rivalidad entre superpotencias y sus ambiciones de poder.

El lamentable episodio de la guerra en Ucrania ha dejado en evidencia la inoperancia de la organización internacional responsable de mantener la paz. Esto de por sí  ya es grave, pero mucho más grave es la absoluta falta de respeto que los líderes actuales de los países fundadores de esta organización han demostrado tener por sus valores y principios.

Por supuesto que la invasión de Ucrania por parte de Rusia es un episodio repudiable y contrario a los más elementales principios del derecho internacional. Pero igualmente repudiable y contrario a derecho fue la invasión de Iraq por parte de Estados Unidos de América y sus aliados. En este caso resultó peor aún porque los motivos para invadir fueron, a sabiendas, totalmente falsos.

El autócrata Putin lleva suficientes  años en el poder y su megalomanía es bien conocida por Occidente. El premier ruso advirtió, en repetidas oportunidades, que no toleraría ulteriores amenazas de la OTAN contra su país, como sin duda lo son la instalación de misiles en sus fronteras. Pero la OTAN hizo caso omiso de esas advertencias del tirano. Los patéticos líderes políticos del siglo XXI parecen haber vuelto a la convicción, como Gengis Kan, de que una súper potencia puede hacer lo que se le da la gana.

El resultado ha sido que cuando la humanidad estaba dolorosamente intentando salir de una pandemia, un minúsculo grupito de líderes trasnochados de países con armas poderosas generó un conflicto que volvió a prostrar al mundo entero.

Todos hemos sido afectados pero, naturalmente, Ucrania fue quien llevó la peor parte. También pagó un altísimo precio el ejército invasor. Putin no ha logrado su objetivo militar. Rusia ha sido aislada del mundo y la caída de su PIB se calcula en un 10% para 2022 y 6% para 2023. Su ejército se ha desprestigiado y desmotivado. Ha debido recurrir al reclutamiento de “reservistas” que han demostrado no tener ninguna intención de luchar una guerra absurda.  Más de 5000 personas han huido del país para evitar la conscripción. Se han cerrado empresas, se ha perdido la capacidad de importar bienes y la fuerza laboral se ha reducido sensiblemente.

Aparte de los fabricantes y mercaderes de armas, ¿quién ganó?

¿No será hora de poner el tema de la paz mundial en manos de personas sensatas y organizaciones capaces de contrarrestar los nefastos lobbies de la industria de la guerra.